lunes, 12 de agosto de 2013

"Divertimento de danza" en Yucatán

La Compañía de Danza Clásica de Yucatán al concluir la presentación de "Divertimento de danza" en el Peón Contreras


Quienes hayan seguido la trayectoria de la Compañía de Danza Clásica de Yucatán desde su creación habrán notado que no es la misma la de sus orígenes que la que se presentó el  jueves 1 de agosto con el “Divertimento de danza” en el Teatro Peón Contreras. Y no lo es no sólo por los cambios de integrantes y director que ha experimentado (aun ahora la titularidad es compartida interinamente por Emmanuel Gutiérrez y Juan González), sino también por sus aptitudes técnicas. Y eso es algo bueno.

Los duetos y el pas de trois de esa noche, algunos de ellos habituales en programas combinados de ballet (“Llamas de París”, “Diana y Acteón”) y otros menos frecuentes de ver, al menos en Mérida (“Tchaikovsky Pas de Deux”, el de la esclava y el mercader de “El corsario”), exigieron de los bailarines cualidades con las que demostraron que están escalones arriba del nivel en que se encontraban hace unos meses.

La sensación que dejó esa función se puede expresar en dos palabras: pulimiento y homogenización. Hay bailarines que desde los inicios de la agrupación se han hecho notar por sus aptitudes (el caso de Tatiana Arcila) y otros a los que sus actuaciones eran opacadas por falta de expresividad, inseguridad al girar, pérdida de equilibrio, deficiencias en el trabajo en pareja. En la presentación del jueves 1 se notó un mayor refinamiento y limpieza en los movimientos, sobre todo entre las mujeres.  Aunque el dueto de Tatiana con Emmanuel en “Esmeralda” fue uno de los más aplaudidos y llamativos de la noche (en un momento él la hizo girar por encima de su cabeza y la atrapó en el aire), la mayor sorpresa para mí fue la actuación de Lisset Ruiz, quien bailó con Mayvel Miranda una adaptación del pas de deux final de “Paquita”. La primera vez que vi bailar a Lisset con la compañía fue hace algunos años en el papel de Kitri en “Don Quijote”. Cuando le llegó el momento de hacer los fouettés los hizo completos (y sin caerse), pero después de los primeros giros la pierna de trabajo fue perdiendo altura al doblarse y terminó por deslucir lo que en otras circunstancias hubiera sido un ejercicio espectacular. Eso no ocurrió en “Divertimento de danza”: sus fouettés fueron rápidos y controlados y le merecieron una justa lluvia de aplausos.

Pero no fue la única que tuvo oportunidad de demostrar sus aptitudes. En la primera pieza del programa, el pas de trois de “El lago de los cisnes”, Mónica Arceo (bailó con Miguel Hevia y Laura Manzanilla) destacó por la delicadeza de sus líneas; en el pas de deux de “El corsario”, Paulina Gordillo (con Adrián Leyva) sobresalió por su flexibilidad y también por la rapidez de sus giros (habría que, sin embargo, trabajar un poco más la expresividad, pues estuvo seria y daba la impresión de apuro por terminar), y Montserrat Castellanos, en “Llamas de París” con César Pérez, confirmó por qué es una de las bailarinas yucatecas más populares. Esto transmite la sensación de una compañía más homogénea, en la que ahora más integrantes pueden hacer el mismo número de cosas y hacerlas bien.

También fue notorio el avance de las parejas en las assisted pirouettes:  antes lo común era que la bailarina se fuera de lado o que no girara muy rápidamente, pero en esta ocasión destacaron por lo contrario, pues, a pesar de una que otra falla en ese sentido, en general  las pirouettes fueron equilibradas y veloces.

Otras parejas en el programa fueron Érika Argüelles y Yojan Herrera, en el “Tchaikovsky Pas de Deux”, y Martha Acebo y Léster Díaz, en “Diana y Acteón”. Léster hizo olvidar el terrible vestuario que le tocó esa noche (¿cuándo fue que Acteón se apuntó a la moda animal print?) con la exhibición de las proezas físicas identificadas con su personaje y la institución de la que proviene el bailarín (la cubana ProDanza). En el “Gran final” de la noche, cuando todas las parejas se alternaron en el escenario para repetir algún momento destacado de su actuación, Léster regaló al público unos “giros de barril” que colmaron el entusiasmo de un público que respondió animadamente a cada dueto.

Con este resultado, que los bailarines ciertamente no han conseguido solos, es incomprensible la omisión en los programas de mano de la maestra que prepara a la compañía y que, si no ha habido cambios desde mayo, es Beatriz Martínez. Está muy bien saber el nombre de los responsables del audio, las luces y el vestuario, pero nada de esto hubiera sido de utilidad sin unos bailarines capaces de sacar adelante las coreografías.

Ahora corresponde al público ayudar a avanzar este proyecto, no sólo respondiendo a la invitación de asistir a las funciones de acceso gratuito (como fue la del jueves 1), sino estando dispuesto a pagar por la entrada a estos espectáculos. Lo que se vio en “Divertimento de danza” hace pensar que si se continúa andando por este camino Yucatán podría contar con una compañía de danza clásica sólida, con artistas de alto nivel y en número suficiente para montar ballets completos de calidad y que tenga temporadas regulares con un amplio repertorio.

lunes, 5 de agosto de 2013

La "Vanidad" de AlSur Danza

AlSur Danza al final de la presentación de "Vanidades"



Habría que darle a Víctor Ruiz el beneficio de la duda. El tiempo transcurrido desde su estreno en Mazatlán (en 2008) y su actualización para su reposición en Mérida (en 2012 la obra fue “replanteada y contextualizada”, según citaba a su creador un comunicado de la Secretaría de la Cultura y las Artes) pudieron influir para que a su coreografía “Vanidad” le faltara impacto en su presentación por AlSur Danza, la compañía de danza contemporánea de Yucatán, el martes 30 de julio en el Teatro Peón Contreras.

Es la explicación que aventuro después de conocer la trayectoria de Víctor, graduado de la Escuela Nacional de Danza y el Centro Superior de Coreografía, fundador de la compañía Delfos, becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes e integrante del Sistema Nacional de Creadores de Arte.

Sin puntos de comparación con representaciones previas, sólo puedo hablar de la sensación que dejó la función de esa noche en el Peón Contreras.

La proyección de los vídeos sobre concursos de belleza infantil y juvenil que abre la coreografía es innecesariamente larga, como si se buscara rellenar tiempo. ¿Realmente se requería presentar las etapas de traje informal, talento y premiación en diferentes categorías de edad? Quedaba claro a los segundos de comenzar el vídeo que el culto a la belleza se cultiva desde bebé.

Su asociación de las cirugías plásticas con la drogadicción y la violación suena a uno de esos mensajes transmitidos desde el púlpito de que la búsqueda de bienestar físico conduce a la perdición moral. ¿Cuántos casos de adicción a las drogas y violaciones serán consecuencia de la visita al cirujano plástico?

Excepto la escena inicial del bailarín revolviéndose en el suelo y luchando por ponerse en pie, una alusión al feo por dentro  al que la cirugía ofrece cambiarle la vida y llenarlo de placeres, en los movimientos de los bailarines no se nota su entrenamiento clásico y contemporáneo y sí simpleza en la ejecución. Abril Trujillo es la excepción; es una presencia que se hace notar.

La función comenzó a las 9 p.m. y la entrada fue gratuita. Los asistentes llenaron la luneta y la platea.


jueves, 1 de agosto de 2013

Blanca que te quiero blanca

A primera vista parece que la “Noche blanca” le ha salido muy bien al Ayuntamiento. Cientos de personas, entre locales y turistas, ocupan las calles del Centro Histórico y hacen repuntar la cifra de visitantes a foros culturales del primer cuadro y los alrededores.

En el Macay hay cita a las 11 para los desvelados. Invitan Alberto Ruy Sánchez y Tatiana Zugazagoitia, cabezas del espectáculo literario y dancístico “Elogio del insomnio”. Qué deseos de ver bailar otra vez a Tatiana. La primera coreografía en que la recuerdo en escena fue una creada por ella misma, “Viaje al reencuentro”, en que recorría nuevamente, pero ahora con propósitos artísticos, el camino del dolor al consuelo en el que transitó por la muerte de su padre. Como después supe que es característica de su propuesta, no toda la coreografía es “bailada” en el significado tradicional del concepto, pues hay momentos –algunos en silencio- en que se ejecutan movimientos ordinarios, como cuando hace una fila de figuras de papel que simbolizan velas.

Esa antigua experiencia en el Peón Contreras deja una lección: sin importar el grado de conexión entre yo espectadora y la coreografía, produce placer admirar a la Tatiana bailarina, una artista con talento, oficio y escuela (en su currículum hay estudios de danza clásica en Rusia). Ésa es la razón para asistir a espectáculos posteriores de Tatiana, el más reciente el del Macay, en el que Ruy Sánchez lee textos de sus libros “Elogio del insomnio” y “Decir es desear”, que se intercalan con momentos de danza.

Pero en esta calurosa noche blanca del sábado 20 de julio en el Macay hay circunstancias que no favorecen el disfrute.

Una noche antes el museo inaugura sus exposiciones del trimestre julio-septiembre; recorrer las salas es una buena opción para ocupar el tiempo de espera para “Elogio del insomnio”. Son las 10:30. Cuando se le pregunta, un empleado del museo señala la sala 14 (en la segunda planta) como lugar de la presentación de danza y aconseja darse prisa para llegar: sólo se permitirá la entrada a 70 personas. Otro empleado está de pie frente a la puerta de la sala 14, impide el paso y advierte: la fila para acceder se está formando en el primer piso; no estás en ella, no entras.

Planta baja nuevamente. Altavoz en mano, un tercer empleado da indicaciones sobre la dirección que sigue la fila, apunta con el dedo a los asistentes para contarlos, habla por radio con alguien más al que le advierte que prolongar la espera en esas condiciones podría tener efectos negativos. Finalmente, la orden de subir, pero sigue sin escucharse una para entrar; otra espera de minutos junto a la puerta de la sala con la indicación adicional de pegarse a la pared (para permitir el tránsito por los pasillos de los visitantes a las exposiciones) y la escena ya vista del empleado apuntando con el dedo para asegurarse de que sean 70 los espectadores.

El ingreso a la sala es un alivio para la mente y el cuerpo cansados. Hay sillas distribuidas en forma de U alrededor del área de la representación. Tatiana “duerme” en una cama mientras el público ocupa sus asientos. Privilegiados los que encontraron lugar exactamente enfrente de la cama, no hay columnas inoportunas que limiten su campo de visión.

Ruy Sánchez, de holgados pantalón y camisa blancos y descalzo, saluda sonriente a algunos asistentes. La expresión le cambia al paso de los minutos; a una empleada le pregunta con evidente molestia el motivo del retraso en el inicio del espectáculo; ella responde: “Estamos esperando a directivos”. Esos directivos resultan ser el alcalde y otros funcionarios municipales, que se retiran a mitad de la presentación.

Tatiana Zugazagoitia, Alberto Ruy Sánchez y bailarines
invitados al final de "Elogio del insomnio".

 Quiero creer que me involucro en el espectáculo, pero me doy cuenta que no estoy entendiendo las palabras del escritor; no me llegan definidas las voces (tal vez por las dimensiones de la sala las palabras retumban y se pierden) y no tengo el consuelo de intentar leer los labios porque en mi contra está la ingeniería del espacio que me oculta buena parte del tiempo el rostro del autor.

La misma ingeniería es la que me niega una buena perspectiva de los movimientos de Tatiana. Y esta vez ella tiene compañía, seis bailarines que ponen piel a la abstracción que la coreógrafa creó con música de Alejandro Basulto. Me resulto antipática por pensar que la suma de fuerzas es inequitativa, pero no puedo evitar creerlo: la diferencia de trayectorias y talentos de los invitados respecto a Tatiana produce un efecto disparejo. Y también chocante.

Hay un momento que puedo seguir con bastante claridad y que me llevo conmigo –aún tengo conmigo- al final de la función: la pareja “bailando dormida” en la cama, en la que va cambiando de posición como cuando nosotros lo hacemos entre sueños.

Van a dar las 12 y el Macay ya se ve lejos. De la “Noche blanca” me quedan tres razones para que el museo reciba visitantes este trimestre:

         * La colección de la Secretaría de Hacienda. Una reunión de esculturas figurativas y abstractas entre las que sorprenden y conmueven las de Heriberto Juárez, Carol Miller, Alberto Castro Leñero y Juan Soriano.

"Toro", bronce de Heriberto Juárez.

"Toro mexicano", de Heriberto Juárez (bronce).

"Pato", vaciado en bronce de Juan Soriano.

       *   “Las mariposas de viento” de Manuel Lizama. Colección de grabados en linóleo que, a pesar de plasmar escenas rurales y figuras indígenas –un tema que algunos creadores plásticos de la Península han explotado para gozo y transacción con los turistas-, hablan con voz suave e íntima a blanco y negro, sin afanes reivindicatorios que acusan más una pose que un sentimiento honesto.

"El rincón de las mariposas", grabado de Manuel Lizama.

       *  Las cajas de arte objeto que, junto con collages, maniquíes y técnicas mixtas, dan forma a los “Cuerpos vibrantes” de Marcela Lobo. Los misterios de la niñez y el encanto de la inocencia se asoman entre camafeos, zapatitos y juguetes enmarcados.


"Exvoto", Marcela Lobo.



lunes, 15 de julio de 2013

"Heli" y los golpes de pecho



Amat Escalante y Lorenzo Hagerman, director y fotógrafo
de "Heli", en la presentación especial de la película en LA68.


Me gusta creer que soy aficionada al cine de terror, pero hay películas que se encargan de desengañarme. He prometido con convicción que nunca veré “La masacre de Texas”¸”El juego del miedo” y “Hostel” ni terminaré de hacerlo con “Juegos divertidos” porque el tormento físico, como el que se practica contra personajes de esas películas, me produce una infelicidad que se prolonga más allá del tiempo que dura la cinta.

El propósito que Michael Haneke persigue con la violencia de “Juegos divertidos” no se relaciona con la intención recreativa de los filmes de Tobe Hooper, James Wan y Eli Roth, pero su efecto es el mismo, como también el que producen en mí las escenas de tortura en cintas sobre la guerra contra el terrorismo o el narcotráfico.

Se entenderá entonces el recelo con que comencé a ver “Heli” en la primera de las dos funciones especiales que su director, Amat Escalante, presentó durante una visita especial a Mérida para inaugurar la Sala Maravilla de LA68 Casa de Cultura “Elena Poniatowska” el jueves 4 de julio. Desde su estreno, y el triunfo de Amat, en Cannes las críticas a la película se han centrado en la crudeza con que retrata el impacto de la guerra contra el narco en las familias mexicanas, que muestra sin consideración con los estómagos sensibles la tortura a un militar, la agresión a animales y las vejaciones en el entrenamiento a soldados.

Tienen razón quienes dicen que “Heli” es dura y violenta. Deja una sensación de profunda tristeza ser testigo de actos de barbarie contra personas que sólo están en el lugar y el momento equivocados y no disponer de los medios para acabar con la opresión que viven. Pero a medida que avanzaba la película y me enfrentaba a las escenas de las que tanto se habla me nacía un sentimiento de incredulidad: ¿Éste es el grado de violencia que ha llevado a espectadores y críticos a salirse de las salas porque piensan que "ya es demasiado"? Porque “Heli”, a pesar de sus imágenes crudas, no es ni una fracción de lo gráficamente violenta que es cualquiera de las películas de Quentin Tarantino ni muestra más muertes ni destrucción que las que hay en éxitos del sistema, como “El hombre de acero” y “Guerra Mundial Z”. Es sólo que “Heli” no recurre a la violencia como instrumento de diversión ni nos conforta con la idea de que lo que vemos es una ficción (de hecho, Amat dice que la agresión al militar y el entrenamiento de los soldados son tomados de vídeos reales).

Si hubiera querido, el director podría haber hecho a su película más dura, pues están documentadas prácticas mucho más crueles para causar dolor (ahí están las descripciones de Mario Vargas Llosa sobre cómo actuaba la policía de los Trujillo en “La fiesta del chivo” y de Eduardo Galeano sobre la represión de la dictadura en Uruguay).

Más atención habría que ponerle al estilo narrativo de Amat, de ritmo pausado, escenas largas, muchas en silencio y no todas necesariamente relacionadas con el desarrollo del conflicto, una forma de contar historias que choca con la manera con que estamos acostumbrados a ver cine, de estímulos continuos “para que no se aburra el espectador”. En lo personal me gustaría más que “Heli” motivara una discusión sobre el valor de los lenguajes no mayoritarios del cine y no una condena mojigata a su retrato de la realidad.


La película llegará el 9 de agosto a las salas de cine comerciales.

Amat Escalante y Lorenzo Hagerman.


martes, 9 de julio de 2013

Un espíritu en Bellas Artes


Blanca Ríos agradece los aplausos del público al final
de la presentación de "Giselle" en Bellas Artes.

Exactamente ciento setenta y dos años después de su estreno en París, la Compañía Nacional de Danza abrió su temporada de representaciones de “Giselle” en el Palacio de Bellas Artes.
La noche del viernes 28 de junio, en la primera de las cuatro funciones programadas (dos el sábado 29 y la última, el domingo 30), el papel protagónico del duque que engaña a Giselle tuvo sabor cubano con la actuación de Carlos Quenedit como bailarín invitado. A Carlos se le vio bailar en Mérida en las giras del Ballet Nacional de Cuba por la Península de 2005 a 2007; de hecho, fue en esta ciudad, al final de la visita de hace seis años, cuando abandonó a la agrupación artística.
Carlos aporta juventud -mantiene un rostro de niño-, galanura y fuerza física al personaje del infiel que es reinvidicado por el amor de Giselle. La campesina esa noche fue la primera bailarina mexicana Blanca Ríos, digna de admiración por la rapidez y el equilibrio de sus movimientos, especialmente cuando se presenta como nueva wili ante Myrtha, la reina de esos espíritus.
A Myrtha la interpretó la primera solista japonesa Mayuko Nihei, de saltos limpios y líneas delicadas.
Alfredo López Mancera diseñó el vestuario, que para las wilis incluyó faldas con detalles azules, en el caso de Myrtha, y verdes, en el de los demás espíritus, y tocados de pedrería que contribuyeron a dar al grupo de ánimas, implacable con los humanos, un aspecto dulce.
A pesar de tener todas estas cualidades a su favor, a la “Giselle” de la CND le faltó garra, fuerza escénica que la hiciera memorable. A Carlos se le sintió ajeno a la historia, la mayor parte del tiempo fue inexpresivo y sus movimientos se vieron mecánicos. Blanca se notó más involucrada en la personificación de Giselle, pero, exceptuando la dramática escena de la locura y muerte, la interpretó sin matices que la hicieran atractiva, sin diferencias contundentes entre la chica ingenua del primer acto y el ánima en pena del segundo.
La falta de identificación con los personajes alcanzó a las wilis, que carecieron de ese aire de mujeres fatales a las que no se debe provocar, y a Hilarión (Luis Zamorano la noche del viernes), quien se tomó con bastante calma el hecho de estar condenado a bailar hasta morir.
Míriam González como Berthe fue convincente narrando con mímica qué le ocurre a las jóvenes que mueren antes de su boda, pero sin maquillaje de canas ni arrugas que la envejecieran aparentó ser, más que la madre de Giselle, alguien de menos edad que la protagonista.
El acompañamiento musical quedó en manos de la Sinfónica Juvenil “Carlos Chávez”, que, a pesar del sostenido entusiasmo de su director huésped, Alfredo Ibarra García, se escuchó tímida y desafinada, sobre todo las cuerdas en el segundo acto.- Valentina Boeta Madera
(Artículo publicado el lunes 1 de julio de 2013 en la sección Imagen de "Diario de Yucatán").

lunes, 24 de junio de 2013

Una hija malcriada

 
Héctor Hernández y Alma Rosa Cota agradecen, con el
elenco de "La fille mal gardée", los aplausos del público.

El Ballet Clásico de Yucatán se fundó hace dos años después de que sus creadores, Alma Rosa Cota y Héctor Hernández, intentaran primero agrupar a talentos locales mediante alianzas con otros maestros.

El Ballet Clásico ha presentado hasta ahora “El lago de los cisnes” en una versión muy similar a la adaptación que hace la Compañía Nacional de Danza para el lago de Chapultepec (de una hora de duración y con voz en off de un narrador), “El Cascanueces” (también similar a la de la CND), un programa combinado que incluyó el estreno en Mérida de “Dionaea”, coreografía de Gustavo Herrera atractiva, bien ensayada, con Montserrat Castellanos como solista, y “La fille mal gardée”, un ballet de tintes cómicos que llevó a escena por primera vez el domingo 26 de mayo, en dos funciones en el Teatro Armando Manzanero.

En las entrevistas que han ofrecido, Alma y Héctor han explicado que el propósito de su proyecto es servir de medio para que los estudiantes de danza graduados de escuelas de Yucatán tengan la oportunidad de experimentar las exigencias del trabajo escénico, la vida del bailarín profesional. De entrada hay que esperar que los integrantes de esta agrupación tengan múltiples estilos y niveles técnicos (tantos como escuelas de danza hay en Mérida), la mayoría de ellos claramente apto para festivales académicos pero muy lejos de encontrarse a la altura de un gran escenario.

Si este aspecto no se pierde en ningún momento de vista, la producción de “La fille mal gardée” del Ballet Clásico de Yucatán resulta agradable de ver por la comicidad de su historia, la agilidad con que transcurren los hechos (comprimidos a una hora de representación, con breves pausas musicales con el telón abajo a manera de intermedios) y el encanto de su partitura.

Para interpretar el papel de Mamá Simone tanto en la función de 10 a.m. como la de 12 i.m. se invitó a actuar al bailarín profesional Jorge Zúñiga, actualmente residente en Quintana Roo. Son evidentes las tablas y aptitudes de Jorge para encarnar a la viuda sobreprotectora que intenta casar a su hija Lisette (Elena Vales en la primera presentación, Ailett Perches en la segunda) con un tontín adinerado (Guillermo Burgos), a pesar de que la joven quiere andar con Colin (Matthew Denegrevaugh; figura estilizada, algunos problemas de equilibrio).

Mamá Simone (Jorge Zúñiga) baila con las amigas
de su hija Lisette.
Jorge es hilarante en sus expresiones exageradas, que evidencian su dominio del personaje. Especialmente simpática es la escena en que toca la pandereta mientras su hija baila: al mover el instrumento todo él se convulsiona, incluyendo su “busto”, al que mira con una mezcla de terror y vergüenza por cómo se agita. Lo único que se le puede reprochar es su caracterización física, porque su vestuario y maquillaje, lejos de mostrarlo como una mujer grotesca y hombruna como se acostumbra (una doña Tremebunda al estilo de Condorito), lo hacen ver bastante femenino, y que en la escena del baile con los zuecos sus zapatos no sonaran como la madera.

Jorge es la columna vertebral de la producción, a la que no le fue mal en audiencia, pues en la función del mediodía logró llenar unos tres cuartos de asientos de la sala principal del teatro. El acceso fue con boletos que costaron $60.


Colin (Matthew Denegrevaught) y Lisette (Ailett Perches).

miércoles, 5 de junio de 2013

Ahí vienen los rusos

La presentación de anoche del Ballet Imperial Ruso en el Teatro Armando Manzanero es un ejemplo de buenas intenciones que caen en el camino equivocado.

A diferencia de otros espectáculos rusos de danza que han llegado a Mérida por medio de los mismos promotores, éste no se percibió como un intento de verle la cara al espectador con un híbrido de bailarines tomados de diferentes compañías sólo para armar una gira y presentar cualquier clásico en versión falta de ingenio.

A pesar de que es evidente que algunos de sus artistas son más talentosos que otros (la chica que interpretó a Carmen en la primera de las tres partes del programa tiene unas líneas muy bellas y movimientos gráciles), también es claro que forman un grupo que está en la misma sintonía, que tiene cohesión y homogeneidad en la manera de interpretar las coreografías, algo que no se ve en los ensambles efímeros en los que la falta de conocimiento y trabajo conjunto se delata en actuaciones anémicas y sin intención.

El problema del Ballet Imperial Ruso son sus coreografías. O al menos sus versiones de “Carmina Burana” y “Bolero”, que ocuparon toda la segunda y la tercera partes, respectivamente, y que, gracias a la persistente visión ahorradora de sus promotores, sus creadores permanecerán ignorados por el público ante la falta de programas de mano que le informara de sus nombres. “Carmina Burana” –en una entrevista días antes con Diario de Yucatán la responsable de la gira por México dijo que la coreógrafa es Maya Murdmaa es una aproximación la mayor parte del tiempo contemporánea, por momentos neoclásica, a la obra de Carl Orff en la que los solistas encuentran caminos de lucimiento en esos giros y saltos en los que los rusos son tan buenos. Los movimientos procuran la simetría y la sincronía con las notas de la música, pero parecen aislados unos de otro, faltos de sentido en su conjunto, como si alguien pronunciara una secuencia de palabras u oraciones que, sin embargo, no crean un discurso.

El programa se cerró con “Bolero”. En la coreografía contemporánea de Nikolay Androsov con la música de Maurice Ravel flotan en el aire sentimientos de fuerza, de poder, no sólo por la figura de una deidad ante la cual se baila –y que dota de argumento a la obra-, sino también por el uso de vestuario negro de la cabeza a los pies, que imprime en los bailarines un halo de misterio. Androsov inicia su coreografía no con las sutiles, casi inaudibles, notas de “Bolero”, sino con sonido de truenos y un juego de luces que transmite la idea de una tormenta, a los que sigue un efecto de humo. Mi rechazo a la versión de Androsov está en experiencias personales previas con la obra; para mí “Bolero” equivale a intimidad, sensualidad, no una demostración de poderío, no sacrificios a una deidad, no carreras frenéticas de un lado a otro del escenario.

Pero la función tuvo algo muy bueno:  la suite “Carmen”, que, según algunos medios de prensa, es la creada por Alberto Alonso. A medio camino entre moderna y neoclásica, ofrece imágenes armoniosas tanto en los pas de deux como en las intervenciones del cuerpo de baile, además de que presenta retos técnicos para los solistas. En la tríada Carmen, don José y Escamillo (sin programas de mano cómo saber los nombres de sus intérpretes…) son los dos primeros los que sobresalen. Se entiende por qué Carmen está tan enamorada de don José, es muy fácil ser conquistada por la velocidad que éste le imprime a sus giros. De especial impacto son los enfrentamientos finales entre el amante obsesionado y la tabacalera, y entre Escamillo y el toro, que se  presentan de manera simultánea, incluyendo las estocadas a Carmen y al astado. Si habría que pedirle algo al Ballet Imperial en esta coreografía es algo más de expresividad en sus protagonistas, pues para ser una historia trágica se vieron algo contenidos.

A lo largo de la presentación, en la que el teatro se ocupó en un 90% de su capacidad, fueron comunes los problemas con el sonido, que bajaba y subía de volumen (las primeras notas de “Bolero” no comenzaron por lo bajo ni fueron en crescendo, sino con el volumen estándar del resto de la música). Y, sin embargo, no salí molesta como en otras ocasiones, porque sentí un auténtico esfuerzo de la agrupación visitante por ofrecer un programa nutrido (casi de tres horas) y con un sello personal.


Solamente se ofreció una función, que comenzó a las 8.

El Ballet Imperial Ruso al final de "Carmina Burana".

Una de las escenas iniciales de "Bolero".