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domingo, 24 de abril de 2016

Reconocen la trayectoria de Aniuska Torres

La maestra Aniuska Torres con Roger Metri Duarte, Cristóbal
Ocaña (semioculto) y Juan Hernández Islas, de "El Universal"

Umbral, la agrupación de danza que dirige Cristóbal Ocaña, celebró anoche con anticipo el Día Mundial de la Danza con la entrega de un reconocimiento por trayectoria a la maestra Aniuska Torres Santana, el nombre más reciente en una lista que comenzó hace 20 años.

La distinción se otorgó durante una velada en el Teatro Daniel Ayala Pérez en la que después de los discursos –de Roger Metri Duarte, secretario de la Cultura y las Artes; Cristóbal, Mario Jorge García Cecilia, cónsul de Cuba, y la propia Aniuska– los alumnos de ProArte, la academia de la maestra Torres Santana, presentaron coreografías.

El extenso programa (la actividad comenzó 8:05 y terminó minutos después de las 10) fue un muestrario de los géneros que se enseñan en la escuela de danza, pues hubo lugar tanto para “La muerte del cisne” y variaciones de “Giselle” y “La Cenicienta” como para un número de belly dance y uno del musical “Chicago”. Unos más mezclaron estilos, como el que con la música de “Amalia Batista” bailó una de las alumnas más pequeñas con entusiasmo contagioso y la versión de “La Bikina” que, con estilizados trajes folclóricos, presentó un grupo en el que actuó el único alumno varón en la velada.

El número de "La Bikina"
Los momentos mejor logrados fueron aquéllos a cargo de Aniuska Camacho Torres, hija de la maestra y quien con ellos confirmó su condición de joven talento de la danza en Mérida. Antes del intermedio presentó una coreografía moderna de aires melancólinos (de título y autor desconocidos, a falta de programa de mano y de anuncio de los números), en la que la expresión de su rostro contribuyó a poner el ambiente emocional, y tuvo una participación en “Chicago”. El cierre fue el grand pas de deux de “Don Quijote”, que Aniuska interpretó con Mayvel Miranda como invitado en el papel de Basilio.



Aniuska Camacho y Mayvel Miranda en el pas
de deux del tercer acto de "Don Quijote"

La maestra Torres Santana subió a agradecer con sus alumnos al final de la función, en la que los únicos aspectos realmente lamentables fueron los errores en los textos que se proyectaron al principio de la velada en dos vídeos y que fueron desde nombres de ballets mal escritos hasta penosas faltas de ortografía, como aquélla que antepuso una H a "ustedes”.

sábado, 5 de marzo de 2016

"El Corsario" a la yucateca




“El Corsario” del Ballet de la Ciudad de Mérida no pasaría por la producción de una gran compañía, ni siquiera por la de una agrupación profesional, pero hay algo en él que hace que el ánimo se mantenga interesado e, incluso, por momentos entusiasmado.

Ese algo es la confianza con que se desempeñaron sus bailarines, que transmitieron más seguridad y comodidad con sus personajes que en anteriores presentaciones de la agrupación, y, sobre todo,  la intervención de Aniuska Camacho Torres como Gulnara y Moisés Martín como Lankedem. Aniuska evidencia sus raíces en la Escuela Cubana de Ballet con sus veloces jetés, sus equilibradas pirouettes y la fineza de sus movimientos y líneas. Y Moisés destaca por el control de sus saltos y giros, especialmente sus coupé jetés en tournant.

Los papeles principales, de Conrad y Medora, los asumieron Yojan Herrera y Érika Argüelles, también directora del Ballet de la Ciudad Mérida, quien en entrevistas previas destacó el hecho de que se presentaría la obra completa (versión propia a partir de la del American Ballet Theatre) y no una suite, como es lo más acostumbrado en Mérida. Y sí, se respetó la estructura de los tres actos, aunque no la narrativa, pues, por ejemplo, se eliminó el personaje de Alí, algo bastante extraño considerando que el pas de deux más famoso de “El Corsario” es ejecutado por el esclavo y Medora. En la versión de la agrupación yucateca, en este dueto Alí es reemplazado por Conrad, un Yojan que entusiasma con sus saltos y cassioles.

Vestuario y escenografía aún son áreas de oportunidad en las producciones de la agrupación.

La función de este sábado 5 a las 8 p.m. fue la única programada. Los boletos se vendieron en 100 y 80 pesos.


sábado, 12 de diciembre de 2015

mákinadT comparte su alucinación



Gervasio Cetto y Diana Bayardo al final de la representación
de "Alucinación compartida" en el auditorio del Olimpo

El nombre de Javier Álvarez en los créditos de una propuesta artística es más que suficiente motivo para desear conocerla. Así que llama la atención que la música compuesta por el Premio Nacional de Ciencias y Artes 2013 para “Alucinación compartida” no se escuche sino diez minutos después de iniciarse la representación del más reciente proyecto escénico de mákinadT.

No es reproche. Estamos tan acostumbrados a dar la música por sentado al ver una coreografía que esos minutos de silencio mientras Gervasio Cetto y Diana Bayardo —la fórmula originaria de mákinadT— mueven brazos y cabeza de pie en un mismo punto nos hacen más conscientes de la función del sonido como compañero del movimiento y del movimiento en sí, una ejecución en la que sobresalen las líneas y la flexibilidad de Diana. 

La composición de Javier sirve de aliento a la imaginación para darle significado a los “paisajes visuales” —como los llamó Gervasio— que, está claro, no persiguen un fin narrativo. Está en el espectador la voluntad de interpretarlos, como los bailarines confirmaron en la charla que sostuvieron con el público al concluir la última función de su temporada en el Olimpo, el viernes 4 pasado. 

Asumirlos como instantáneas de emociones cotidianas fue decisión de mi ilusión: tedio, incomodidad, expectación, miedo, combate. Otras veces me parecieron ejercicios de estética, un “ballet de líneas” con momentos muy agradables. Los sonidos de Javier me remitieron en ocasiones a un futuro de viajes interplanetarios, otras a un campo de batalla.

En una parte los bailarines colocan muebles y cruzan hilos en el escenario, por los cuales van pasando como en un juego de superar obstáculos. Según indicaron —su intención con la charla era intercambiar con el público comentarios para nutrir el proyecto, aún en proceso de creación—, su propuesta surgió de una reflexión sobre el movimiento corporal y cómo es influido por el espacio. Hablaron de arquitectura, apoyarse en el espacio y “vectores” (los hilos cruzados) y cómo éstos determinaron sus desplazamientos en la coreografía.

Una explicación un tanto compleja y no necesaria considerando que los mismos artistas pretendían que el espectador le diera un significado propio a la propuesta escénica. Testimonio personal: tanta información incluso resultó contraproducente, pues hizo sentir frustración por no haber percibido la motivación de sus creadores. Sí se agradece que dedicaran tiempo a hablar del guante que cada uno usó y que sin esa explicación hubiera quedado como un elemento más del vestuario: se trata de un recurso tecnológico (que requiere de internet inalámbrico) para que con movimientos de la mano se reproduzca la pista del sonido. Es una idea que unifica las figuras de músico y bailarín, pues, aunque éste no es el instrumentista, sí es quien decide cuándo y qué debe escucharse.

Gervasio y Diana continuarán el desarrollo del proyecto durante una residencia en Cuernavaca.


martes, 1 de diciembre de 2015

¡A cascar nueces se ha dicho!



Un diciembre más se añade a la cuenta de los años y una floración de “Cascanueces” traslada el invierno a escenarios de Mérida. No importa qué tan calurosa esté la ciudad el día de la representación, Tchaikovsky es siempre hábil para transportarnos con su obertura, su marcha, sus valses a paisajes nevados y cenas familiares en las que las niñas visten todavía vestidos anudados por detrás con grandes lazos, los caballeros van de traje completo y las damas, de vestido largo y cuello alto.

Cada año es la ciudad presa del embrujo del clásico navideño, que, ya sea con alumnos de academias locales o agrupaciones visitantes, suele ser adaptado de una de dos versiones: la de Marius Petipa y Lev Ivanov, la original que estrenó el Teatro Mariinsky en 1892, y la de George Balanchine, de 1954, muy enfocada  al público infantil y aun más gozosa y divertida que la rusa. Fue precisamente gozosa y divertida la representación que hace 10 años ofreció en el Teatro Armando Manzanero la Escuela de Danza “Socorro Cerón”,  bajo la dirección de las maestras Carmita Cerón y Rubí Montejo, de un “Cascanueces” basado en las ideas de Balanchine que se tomó muy en serio el deseo de complacer al público y cuidó con dedicación los detalles, como que las llamadas antes de cada acto estuvieran escritas en carteles y las sostuvieran angelitos que aparecían de improviso en el escenario o por la puerta que da a los camerinos.

"El Cascanueces", versión de Balanchine, por el Ballet de
Pennsylvania. Foto de la propia compañía
Con el tiempo y la suma de versiones, “El Cascanueces” se comprueba flexible en la interpretación de su historia y, aun así, perennemente dulce. Matthew Bourne le añadió algo de amargura y malicia al situarlo (en 1992) en un orfanatorio en el que el viaje de Clara es motivado por la búsqueda del chico del que está enamorada, un expósito como ella, y que ahora anda con la hija pedante de los directores ricos de la casa hogar. Más de una vez se llega a pensar que los giros de la narración son crueles; pero ni siquiera el tono agridulce de la adaptación doblega el encanto del Vals de los Copos de Nieves, en el que los personajes simulan patinar en una pista de hielo y ellas, mientras sostienen el arabesco, agitan con sus manos las faldas de sus vestidos para dar la idea de que el viento las hace volar. 

Escena correspondiente a la Danza de los Mirlitones en "Matthew
 Bourne's Nutcracker!". Foto de Tristram Kenton para The Guardian
Jean-Christophe Maillot mezcló ballet, magia y artes circenses en su versión para los Ballets de Monte-Carlo de 1999, en el que el personaje de Drosselmeyer se divide en dos, Drossel y Meyer –hombre y mujer-, y la Danza Árabe, por ejemplo, la interpreta un Pierrot que hace malabares con aros. 

Aunque él es estadounidense, Mark Morris estrenó en Bruselas, en 1991, su propia visión, entre neoclásica y contemporánea, del relato. Lo llamó “The Hard Nut” y, como Matthew Bourne, lo llenó de irreverencias al adaptarlo a una familia de la década de 1960 cuyos integrantes e invitados a su celebración de Navidad llevan vestuario psicodélico, beben de más y tienen la libido bien aceitada. Disfruto mucho la versión de Balanchine, pero cuando se trata de “El Cascanueces” mi referente es “The Hard Nut”; no sólo hizo entrar en mi vida a Rob Besserer, un Drosselmeyer rebosante de galanura y elegancia, de líneas interminables y actuar astuto, sino que grabó en mi memoria y sentimiento momentos como el pas de deux de Drosselmeyer y el Cascanueces (que en el primer acto reemplaza al de Clara y el Cascanueces), el Vals de los Copos de Nieve (el cuerpo de baile está formado por hombres y mujeres que van vestidos igual y eso incluye zapatillas de puntas y tocados, y que arrojan polvo blanco para dar la idea de nieve), la Danza Rusa (a cargo de dos tríos) y la escena que correspondería a Mamá Jengibre (en la que candidatos a cascanar la nuez son atendidos por un dentista al fracasar en su intento por romperla).

"The Hard Nut" con el Mark Morris Dance Group. Foto de
Susana Millman para The New York Times
A partir de esta semana, en Mérida habrá funciones del ballet en diferentes foros:
Este viernes 4, a las 6 p.m., en el área de escaleras que llevan al Food Court de Galerías Mérida, las alumnas del Instituto de Danza Delia Brito presentarán una suite de "El Cascanueces" con escenas del segundo acto. La entrada es gratuita.

El sábado 5, a las 8 p.m., en el Polifórum Zamná estará "El Circo del Cascanueces", de la Compañía Ballet Circo de México, que la anuncia como una combinación de danza clásica y circo, con la participación de Mathilde Froustey y Carlo di Lanno, primera bailarina y solista del Ballet de San Francisco, y Elena Lev y Dima Shine, artistas del Cirque du Soleil. Los boletos cuestan de 325 a 970 pesos. Esta agrupación sólo tiene perfil en Facebook, sin teléfonos de contacto; en Mérida la promoción del espectáculo se ha hecho en redes sociales y con publicidad en los autobuses; a pesar de la relevancia de Mathilde y Carlo, sus nombres aparecen con un tamaño de letra más pequeño que los de Elena y Dima, y esta producción se anuncia únicamente para Puebla y Mérida (¿por qué no está incluida la ciudad de México, mercado natural para producciones de gran envergadura?). Habrá que esperar al sábado para saber...

El miércoles 9, el Ballet Clásico de Yucatán, que dirigen Alma Rosa Cota y Héctor Hernández, ofrecerá la primera de sus cuatro funciones de "El Cascanueces". Ese día y el jueves 10 serán a las 8:30 p.m. en el Teatro Peón Contreras. El sábado 19, a las 6 p.m., y el domingo 20, a las 12:30 p.m., se ofrecerá en el Teatro Armando Manzanero. Para los dos foros los boletos cuestan 100 y 80 pesos. 

El jueves 17, el Ballet de la Ciudad de Mérida, que dirige Érika Argüelles, tendrá funciones a las 5:30 y 8:30 p.m. en el Peón Contreras. Boletos a $100 en luneta y platea, y $80 a partir del primer nivel. 

martes, 24 de junio de 2014

Quince años del Ballet de la Ciudad de Mérida

El elenco de "El lago de los cisnes" en la función del
sábado 7, en el Teatro José Peón Contreras
La distancia de la Península respecto a la capital del país ha dificultado que en nuestra ciudad haya presentaciones frecuentes (empecemos por mensuales) de espectáculos de ballet. Incluso ahora, cuando, gracias al aumento de la población por la migración y a la construcción de espacios con más capacidad de público, Mérida ya es considerada en la gira de artistas que antes se limitaban a actuar en plazas del centro de la República, pueden pasar meses antes de que entre a la cartelera local la función de una compañía de danza clásica visitante (que no siempre es sinónimo de calidad). Así que hay que agradecer el trabajo que hacen bailarines yucatecos por atender el hambre de esta disciplina en la capital yucateca. Es el caso del Ballet de la Ciudad de Mérida, que el sábado 7 y domingo 8 de junio conmemoró sus quince años con funciones de “El lago de los cisnes” en el Teatro Peón Contreras.

Su directora, Érika Argüelles, fue la intérprete del doble papel principal Odette/Odile la noche del sábado 7, como suele serlo de los programas de la agrupación. Y se entiende esa elección,  porque Érika es la bailarina con más experiencia y solvencia técnica de las que esa noche tomaron el escenario. Esto fue especialmente evidente en el pas de deux de Odile y Sigfrido, en el que la actuación de Érika con Yojan Herrera se vio fluida, ágil, atractiva, lo que habla del buen trabajo de equipo que se ha alcanzado entre la bailarina yucateca y el cubano. Sin embargo, es mi opinión que a la serie de fouettés en la coda de este dueto le hizo falta velocidad para resultar lucida y que la interpretación de Odette en la primera parte (en la que se resumieron los dos primeros actos de la obra, a los que siguió un intermedio y luego los últimos dos actos también sintetizados) se sintió fría y mecánica, sin el acento dramático que se esperaría de una doncella hechizada que encuentra a su gran amor.

A un lado la convicción de que estos programas contribuyen a promover el ballet en Yucatán, me suelo preguntar cuál es la reacción que ellos esperan del público: ¿éste debe ser comprensivo con las carencias técnicas, considerando el esfuerzo que hacen los bailarines y la posición de Mérida en el contexto nacional de la danza, o debe exigir un nivel artístico mínimo para presentarse en un foro como el Peón Contreras y para pagar por verlo?


Los asistentes a la función del sábado 7, que llenaron la luneta y platea y ocuparon buen número de asientos de los demás niveles, aplaudieron intensamente e incluso gritaron bravos al elenco en el agradecimiento final (era fácil distinguir a los familiares y amigos de los bailarines). Pero, para ser honestos, fuera de la pareja Érika-Yojan y de Giovana Aguilar, quien interpretó al bufón (un personaje creado para varón) y a uno de los dos cisnes solistas, el desempeño de los bailarines estuvo por debajo de lo que amerita un espectáculo de danza de boleto pagado (80 y 60 pesos) en el teatro más importante de la ciudad; incluso, por debajo del nivel de funciones que otras agrupaciones y academias locales han ofrecido en éste y otros centros culturales. A los varones, por ejemplo, les quedó grande el reto en momentos como el pas de six del primer acto (saltos de baja altura y extensiones mal delineadas), y a los cisnes les falló la sincronía en el pas de quatre correspondiente al segundo, a pesar de que ésa es la cualidad que justifica la existencia del cuarteto.

El vestuario de Érika y Yojan contrastó en calidad de manufactura y diseño con el del resto del elenco… A una asistente se le escuchó decir que el traje de la reina parecía de Carnaval y lo cierto es que la corona daba la impresión de ser una manualidad escolar. 

La noche siguiente, Susana Aranda y César Pérez fueron Odile y Sigfrido. Érika volvió a actuar como Odette.

lunes, 26 de mayo de 2014

Danza en el viento

Milton Acereto, Lola Tuzlop, Nazareth Mena,
Sergio Borges, Andrés Puch y Alfonso García

“Historias inasibles” es lo que se espera, y también lo que no, de Tatiana Zugazagoitia.

El espectáculo de danza, que se presenta en la Temporada Olimpo Cultura, se divide en dos partes separadas por la acción limpiadora de un jardinero  y una cuadrilla de jóvenes de negro que ayudan a preparar el escenario para que continúe la función.

La primera parte es lo que coreografías previas hacen esperar de una obra de Tatiana: una suma de líneas, de instantes no narrativos confeccionados con movimientos suaves, poéticos de dos bailarinas (Lola Tuzlop y Nazareth Mena la noche del sábado 17) sobre una cama de hojas secas alrededor de un estanque central (la instalación es de Mónica Dower). Intentar procesar con la razón las imágenes es un ejercicio de frustración. Cuando se deja actuar al sentimiento aparece una idea: “hojas”; las chicas son hojas en las manos caprichosas del viento, a veces superadas por la voluntad del aire, otras veces díscolas. Su matrimonio con el viento sólo lo deshace el agua del estanque, a donde van  a caer las dos figuras.

Es el momento en que entra en acción el jardinero (Milton Acereto). Acción es un decir, porque, mientras él divaga la mente y la mirada alrededor de la poza, la limpieza del patio central del Olimpo es completada por el ejército de jóvenes de negro. La oportunidad perfecta para un descenso de ritmo que haga perder interés al público en el espectáculo… lo que no ocurre, porque la limpieza, que es real y persigue un objetivo práctico, tiene momentos teatrales, pues los jóvenes se alternan para dejar de barrer y adoptar durante unos segundos una posición en el piso.

Es la segunda parte la que sorprende en el contexto de las obras más recientes de Tatiana, pues la coreografía es más cercana al concepto tradicional de danza y se desarrolla con una música (de Sebastián Castagna) más melódica que la de la primera parte (de Martín Capella). Los movimientos de Alfonso García, Andrés Puch y Sergio Borges son rápidos, violentos si se quiere, una invitación a  imaginar ráfagas de viento, su hiperactividad, que también muere en el agua.

En la función del sábado 17 llamaron especialmente la atención la expresividad de movimientos de Lola y el entusiasmo y vigor de Alfonso.

Lo único en contra de este espectáculo es su vulnerabilidad a los sonidos del exterior, que esa noche fueron desde pregones religiosos en la Plaza Grande hasta exhortaciones por altavoz de policías en patrulla.


“Historias inasibles” se presenta de jueves a sábado hasta el 7 de junio en el patio central del Olimpo. La entrada cuesta $50 ($25 para estudiantes y adultos con credencial del Inapam).

martes, 4 de marzo de 2014

De lo que se perdieron

Lorena Kesseler agradece los aplausos al final de la
gala de la CND en el Teatro Armando Manzanero


Tal vez la función que la Compañía Nacional de Danza ofreció el 21 de febrero en el Teatro Armando Manzanero no haya estado a la altura de la agrupación que representa al ballet del país, pero quienes no asistieron a la velada –se ocupó menos de la mitad de los asientos - se perdieron de conocer a dos de los mayores talentos de la CND: Lorena Kesseler y Jesse Inglis.

A ambos los vi bailar por primera vez en la temporada de “La fierecilla domada” que la Compañía realizó en 2011 en el Palacio de Bellas Artes. Aunque esa noche hubiera agradecido de Lorena un poco más de expresión en el rostro para transmitir las emociones de Bianca, sus líneas y empeines me parecieron hermosos y cautivadores.

Era muy difícil que Jesse pasara inadvertido como Lucencio, el pretendiente de Bianca. No sólo es físicamente muy atractivo, sino que su estampa revela en segundos que tiene aptitudes diferentes, muy superiores, al menos a muchos de quienes compartieron el escenario con él en esa función. Hay una escena en la que sus movimientos se sincronizan con los de otros dos enamorados de Bianca; recuerdo haber pensado que hacerlos bailar junto a Jesse había sido injusto para ellos porque se había evidenciado que estaban por debajo del nivel de aquél.

Desde entonces ambos han sido figuras a las que he esperado encontrar en los programas de la CND. A Lorena la volví a ver unas semanas después en “El Cascanueces” (fue el Hada de Azúcar) y a Jesse, en “La Esmeralda” (en papeles secundarios) y “El Mesías”, en los que tanto ella como él me confirmaron en la idea de que son dos bailarines que se toman muy en serio su trabajo. Ambos forman junto con el peruano José Urrutia, primer bailarín, la tríada de mi devoción en la Compañía.

Y Mérida los vio actuar por primera vez con la coreografía “Mono Lisa”, de Itzik Galili, por la que es imposible sentir rechazo: los movimientos, algunos de ellos sorprendentes, casi circenses, casan a la perfección con el ritmo que marcan los sonidos de fondo (porque no son música en el sentido literal del término). Y la prueba de su impacto estuvo en la respuesta orgánica del público al final del número, cuando aplaudió animadamente y hasta tuvo uno que otro grito de entusiasmo.


Esa noche también marcó una diferencia en el programa la actuación de Érick Rodríguez y Elisa Ramos en la escena del balcón de Romeo y Julieta, en la versión de Carlos Carrillo. Habrá quienes definan la calidad de un bailarín por lo alto que salte o lo rápido que gire, pero Érick y Elisa recordaron que antes que nada es un artista y debe transmitir emociones, y eso fue justamente lo que esta pareja consiguió en una coreografía que, si bien con mucho menos fuegos de artificio que “Mono Lisa” y otros duetos del programa, conmovió por el sentimiento con que fue interpretada. 

Elenco de la gala de la CND en Mérida: Érick Rodríguez,
Mayuko Nihei, Javier Peña, Lorena Kesseler, Argenis
Montalvo, Elisa Ramos, Quetzalcóatl Becerra, Rodrigo
Ortega, Jesse Inglis y Ana Elisa Mena


lunes, 28 de octubre de 2013

Artista genial y generoso


Paco de Lucía y el Septeto en concierto en Mérida

Tal vez el mejor escenario para asistir a un concierto de Paco de Lucía no es un teatro, sino la sala o la terraza de una casa, porque el músico tiene la extraordinaria habilidad para hacer que su público se sienta, antes que eso, amigo, cuate, carnal, brother…

Paco es claramente la estrella de sus presentaciones, como la que ofreció el martes 15 en el Teatro Armando Manzanero; pero es todo menos un músico de poses y cuando el auditorio le grita desde su asiento él entra al juego, se ríe y contesta como amigo, cuate, carnal, brother…

En el concierto del 15, Paco no pronunció discursos ni presentó sus composiciones; entró al escenario, caminó hasta el centro, hizo una reverencia a manera de “buenas noches” y se sentó para inmediatamente tocar la primera obra del programa, a la que secuencias melódicas cortas envuelven en un ambiente nostálgico.

En la segunda pieza empezarían a unírsele los músicos del Septeto, el conjunto que le acompaña en su gira mundial y le permite demostrar que además de ser un artista genial es uno generoso: el lugar que Paco ocupa es siempre el central y es su nombre el que arrastra a la gente al teatro, pero sus acompañantes están igualmente dotados de mucho talento y De Lucía por momentos se pierde voluntariamente en el paisaje para permitir a los demás lucirse. Ahí está el ejemplo de Farruco, que asombra y conmueve en el tablao, y de los cantaores Rubio de Pruna y David de Jacoba, que en lo personal me hicieron la noche con su canto cálido y trágico. En otros momentos los demás artistas (el guitarrista Antonio Sánchez Palomo, el percusionista El Piraña, Antonio Serrano en la armónica y los teclados, y el bajista Alain Pérez) tienen solos en los que presumen su arte.

Al terminar el concierto era obvio que el público le insistiera a Paco para que regresara a tocar el encore, lo que hizo después de que con aplausos se le rogara durante varios minutos (de hecho, yo pensé que el guitarrista ya no volvería). Y cuando el telón finalmente bajó, decenas de asistentes esperaron a los músicos a la salida de camerinos para saludarlos y fotografiarlos.


Fue una pena que este encuentro entre un artista y un público comprometidos, este ejemplo de sencilla maestría y profunda entrega no lo disfrutaran más que tres cuartas partes del aforo del Armando Manzanero. Pudo influir, quizás, el precio de los boletos: de 500 (en galería y los primeros que se agotaron), 900 y 1,200 pesos. Aunque al final todos recibimos mucho más de la cantidad que pagamos.

Paco de Lucía (al centro) con El Piraña, Alain Pérez, Antonio
Serrano, Antonio Sánchez, Rubio de Pruna, David de Jacoba
y Farruco, el 15 de octubre en el Teatro Armando Manzanero

martes, 22 de octubre de 2013

Respeto a la tradición y al público

(Publicado el lunes 21 de octubre de 2013 en la sección Imagen de "Diario de Yucatán")


Foto de Guillermo Galindo para Escenarte de la función
inaugural de "El Corsario" en el Auditorio Nacional

Demanda esfuerzo encontrar la forma de describir una función del Ballet del Teatro Mariinsky porque ¿cómo se materializa en palabras lo que tiene condición de etéreo?
A la escuela rusa de ballet se le reconoce por su altísimo nivel técnico, pero el Mariinsky está lejos de ser una compañía de cirqueros, de ésas que se inclinan sólo por la exhibición de proezas físicas como fórmula para ganar afición.
Y lo dejó bien en claro en la segunda, el viernes pasado, de sus tres funciones de “El Corsario” en el Auditorio Nacional: las aptitudes técnicas de sus artistas, desde las primeras figuras hasta el cuerpo de baile, están al servicio de un bien superior: la poesía visual, la que resulta de combinar cualidades físicas sobresalientes con las dosis justas de sensibilidad, delicadeza y elegancia.
Oxana Skorok, la Medora de esa noche, es una figura de porcelana dotada de aliento de vida, una que hace parecer los ademanes teatrales como formas naturales de expresión. Elena Evseeva como Gulnara sortea los retos coreográficos de la segunda escena del primer acto sin perder el efecto de contrariedad -y sin caer en la exageración- en el rostro por ser ofrecida como esclava al Pashá (Vladimir Ponomarev).
Kim Kimin atrajo los aplausos de mayor intensidad como Alí, el papel con más fuegos de artificio, en el segundo acto, cuando baila en la cueva de los corsarios con Medora y Conrad (Andrey Ermakov), aunque el porte y el dominio y limpieza de los movimientos de Alexey Timofeev hicieron de su traficante Lankedem una presencia que exigió seguirse desde que el telón se levantó.
En sus producciones el Mariinsky demuestra el respeto a su tradición y prestigio, pero también a su público, por el que se toma molestias y cuida los detalles. El prólogo, que narra en unos segundos el naufragio de Conrad, Alí y Birbanto (Yury Smekialov), transcurre detrás de un telón transparente sobre el que se proyectan nubes de tormenta, como también ocurre en el epílogo, aunque aquí el barco, que ahora navega en aguas tranquilas, se aleja entre el lienzo de nubes y uno posterior donde se ve un atardecer con el Sol enrojecido.
El palacio del Pashá, en el tercer acto, tiene techos que evocan el plumaje de un pavo real y cuando el harén baila en el Jardín Animado lo hace ante un gran fondo de columnas, flores y telas a través del cual, en un momento, se ve manar agua de tres fuentes.
La última vez que el Mariinsky actuó en el país fue hace 10 años. Su visita de 2013 concluirá mañana martes, cuando se presente la última de las tres funciones -comenzaron ayer- del segundo programa de la compañía, “Grandes ballets rusos”, que incluyen “Las sílfides”, “Petrushka” y “Sherezada”.- Valentina Boeta Madera

lunes, 14 de octubre de 2013

Lo mismo de siempre

El Ballet Clásico de Rusia al final de la segunda de tres partes
del programa, dedicada a "El Cascanueces"

¿Por dónde empezar? ¿Por la reducción a 45 minutos cada una de tres obras que originalmente duran no menos de dos horas y una edición que no procura la lógica narrativa? ¿Por la pobreza de la escenografía: tres telones (uno para cada acto) de paisajes dieciochescos pintados sin atención a los detalles? ¿Por las “pelucas” de los varones en el Vals de las Flores de “El Cascanueces”: tela blanca para cubrir la cabeza y un par de tubos blancos a cada lado? No, mejor empiezo por el final: un remix versión disco de composiciones de Tchaikovsky.

Sí, el llamado Ballet Clásico de Rusia remató el programa que presentó el viernes 11 en el Teatro Armando Manzanero con un “popurrí” de obras del compositor ruso interpretado con instrumentos electrónicos y ritmo moderno, que los ejecutantes acompañaron con movimientos que iban de lo clásico a la danza jazz.

Fue un triste recordatorio de que lo que hay que esperar de esas agrupaciones que periódicamente hacen giras por México y se cuelgan del prestigio y abolengo de la escuela rusa de ballet para darle al público espejitos a cambio de su oro. Y eso que antes de llegar el “gran final” pensé por un momento que la noche la había salvado la bailarina principal de los actos dedicados a “El Cascanueces” y “El lago de los cisnes”, en el que encarnó a Odile. ¿Su nombre? Será por siempre un misterio, pues en estas “compañías” los bailarines no son lo suficientemente importantes para que los promotores se interesen en imprimir programas de mano con información del elenco. Y realmente esta bailarina ameritaba que se tuviera esa cortesía con ella, pues, a diferencia de sus compañeros, actuó con ánimo, entusiasmo y arriesgando; fue capaz de transmitir emoción y belleza con sus líneas finas y energía con sus movimientos rápidos. Su desempeño tuvo un contraste abismal con el de la bailarina que interpretó a Aurora en “La Bella Durmiente” (obra que abrió el programa) y a Odette en el acto final, pues además de que ésta no parecía adentrada en sus personajes, se le notó insegura y lenta en algunos giros.

Esta semana el Ballet del Teatro Mariinsky comenzará una temporada de presentaciones en la ciudad de México. Fantaseo con un experimento de ciencia loca en que cualquiera de los “artistas” de esas agrupaciones de medio pelo que recorren el país alternen en el escenario con alguna pareja solista, la menos aventajada si quieren, de una compañía con el currículum y la mística de trabajo del Mariinsky. Tal vez así nos demos cuenta de una buena vez por todas de la grandísima tomadura de pelo que voluntariamente accedemos a que ocurra en nuestra ciudad.

Los boletos para la función del Ballet Clásico de Rusia costaron 350, 450 y 550 pesos.

La pareja principal de "El Cascanueces" al final del acto

lunes, 12 de agosto de 2013

"Divertimento de danza" en Yucatán

La Compañía de Danza Clásica de Yucatán al concluir la presentación de "Divertimento de danza" en el Peón Contreras


Quienes hayan seguido la trayectoria de la Compañía de Danza Clásica de Yucatán desde su creación habrán notado que no es la misma la de sus orígenes que la que se presentó el  jueves 1 de agosto con el “Divertimento de danza” en el Teatro Peón Contreras. Y no lo es no sólo por los cambios de integrantes y director que ha experimentado (aun ahora la titularidad es compartida interinamente por Emmanuel Gutiérrez y Juan González), sino también por sus aptitudes técnicas. Y eso es algo bueno.

Los duetos y el pas de trois de esa noche, algunos de ellos habituales en programas combinados de ballet (“Llamas de París”, “Diana y Acteón”) y otros menos frecuentes de ver, al menos en Mérida (“Tchaikovsky Pas de Deux”, el de la esclava y el mercader de “El corsario”), exigieron de los bailarines cualidades con las que demostraron que están escalones arriba del nivel en que se encontraban hace unos meses.

La sensación que dejó esa función se puede expresar en dos palabras: pulimiento y homogenización. Hay bailarines que desde los inicios de la agrupación se han hecho notar por sus aptitudes (el caso de Tatiana Arcila) y otros a los que sus actuaciones eran opacadas por falta de expresividad, inseguridad al girar, pérdida de equilibrio, deficiencias en el trabajo en pareja. En la presentación del jueves 1 se notó un mayor refinamiento y limpieza en los movimientos, sobre todo entre las mujeres.  Aunque el dueto de Tatiana con Emmanuel en “Esmeralda” fue uno de los más aplaudidos y llamativos de la noche (en un momento él la hizo girar por encima de su cabeza y la atrapó en el aire), la mayor sorpresa para mí fue la actuación de Lisset Ruiz, quien bailó con Mayvel Miranda una adaptación del pas de deux final de “Paquita”. La primera vez que vi bailar a Lisset con la compañía fue hace algunos años en el papel de Kitri en “Don Quijote”. Cuando le llegó el momento de hacer los fouettés los hizo completos (y sin caerse), pero después de los primeros giros la pierna de trabajo fue perdiendo altura al doblarse y terminó por deslucir lo que en otras circunstancias hubiera sido un ejercicio espectacular. Eso no ocurrió en “Divertimento de danza”: sus fouettés fueron rápidos y controlados y le merecieron una justa lluvia de aplausos.

Pero no fue la única que tuvo oportunidad de demostrar sus aptitudes. En la primera pieza del programa, el pas de trois de “El lago de los cisnes”, Mónica Arceo (bailó con Miguel Hevia y Laura Manzanilla) destacó por la delicadeza de sus líneas; en el pas de deux de “El corsario”, Paulina Gordillo (con Adrián Leyva) sobresalió por su flexibilidad y también por la rapidez de sus giros (habría que, sin embargo, trabajar un poco más la expresividad, pues estuvo seria y daba la impresión de apuro por terminar), y Montserrat Castellanos, en “Llamas de París” con César Pérez, confirmó por qué es una de las bailarinas yucatecas más populares. Esto transmite la sensación de una compañía más homogénea, en la que ahora más integrantes pueden hacer el mismo número de cosas y hacerlas bien.

También fue notorio el avance de las parejas en las assisted pirouettes:  antes lo común era que la bailarina se fuera de lado o que no girara muy rápidamente, pero en esta ocasión destacaron por lo contrario, pues, a pesar de una que otra falla en ese sentido, en general  las pirouettes fueron equilibradas y veloces.

Otras parejas en el programa fueron Érika Argüelles y Yojan Herrera, en el “Tchaikovsky Pas de Deux”, y Martha Acebo y Léster Díaz, en “Diana y Acteón”. Léster hizo olvidar el terrible vestuario que le tocó esa noche (¿cuándo fue que Acteón se apuntó a la moda animal print?) con la exhibición de las proezas físicas identificadas con su personaje y la institución de la que proviene el bailarín (la cubana ProDanza). En el “Gran final” de la noche, cuando todas las parejas se alternaron en el escenario para repetir algún momento destacado de su actuación, Léster regaló al público unos “giros de barril” que colmaron el entusiasmo de un público que respondió animadamente a cada dueto.

Con este resultado, que los bailarines ciertamente no han conseguido solos, es incomprensible la omisión en los programas de mano de la maestra que prepara a la compañía y que, si no ha habido cambios desde mayo, es Beatriz Martínez. Está muy bien saber el nombre de los responsables del audio, las luces y el vestuario, pero nada de esto hubiera sido de utilidad sin unos bailarines capaces de sacar adelante las coreografías.

Ahora corresponde al público ayudar a avanzar este proyecto, no sólo respondiendo a la invitación de asistir a las funciones de acceso gratuito (como fue la del jueves 1), sino estando dispuesto a pagar por la entrada a estos espectáculos. Lo que se vio en “Divertimento de danza” hace pensar que si se continúa andando por este camino Yucatán podría contar con una compañía de danza clásica sólida, con artistas de alto nivel y en número suficiente para montar ballets completos de calidad y que tenga temporadas regulares con un amplio repertorio.

lunes, 5 de agosto de 2013

La "Vanidad" de AlSur Danza

AlSur Danza al final de la presentación de "Vanidades"



Habría que darle a Víctor Ruiz el beneficio de la duda. El tiempo transcurrido desde su estreno en Mazatlán (en 2008) y su actualización para su reposición en Mérida (en 2012 la obra fue “replanteada y contextualizada”, según citaba a su creador un comunicado de la Secretaría de la Cultura y las Artes) pudieron influir para que a su coreografía “Vanidad” le faltara impacto en su presentación por AlSur Danza, la compañía de danza contemporánea de Yucatán, el martes 30 de julio en el Teatro Peón Contreras.

Es la explicación que aventuro después de conocer la trayectoria de Víctor, graduado de la Escuela Nacional de Danza y el Centro Superior de Coreografía, fundador de la compañía Delfos, becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes e integrante del Sistema Nacional de Creadores de Arte.

Sin puntos de comparación con representaciones previas, sólo puedo hablar de la sensación que dejó la función de esa noche en el Peón Contreras.

La proyección de los vídeos sobre concursos de belleza infantil y juvenil que abre la coreografía es innecesariamente larga, como si se buscara rellenar tiempo. ¿Realmente se requería presentar las etapas de traje informal, talento y premiación en diferentes categorías de edad? Quedaba claro a los segundos de comenzar el vídeo que el culto a la belleza se cultiva desde bebé.

Su asociación de las cirugías plásticas con la drogadicción y la violación suena a uno de esos mensajes transmitidos desde el púlpito de que la búsqueda de bienestar físico conduce a la perdición moral. ¿Cuántos casos de adicción a las drogas y violaciones serán consecuencia de la visita al cirujano plástico?

Excepto la escena inicial del bailarín revolviéndose en el suelo y luchando por ponerse en pie, una alusión al feo por dentro  al que la cirugía ofrece cambiarle la vida y llenarlo de placeres, en los movimientos de los bailarines no se nota su entrenamiento clásico y contemporáneo y sí simpleza en la ejecución. Abril Trujillo es la excepción; es una presencia que se hace notar.

La función comenzó a las 9 p.m. y la entrada fue gratuita. Los asistentes llenaron la luneta y la platea.


jueves, 1 de agosto de 2013

Blanca que te quiero blanca

A primera vista parece que la “Noche blanca” le ha salido muy bien al Ayuntamiento. Cientos de personas, entre locales y turistas, ocupan las calles del Centro Histórico y hacen repuntar la cifra de visitantes a foros culturales del primer cuadro y los alrededores.

En el Macay hay cita a las 11 para los desvelados. Invitan Alberto Ruy Sánchez y Tatiana Zugazagoitia, cabezas del espectáculo literario y dancístico “Elogio del insomnio”. Qué deseos de ver bailar otra vez a Tatiana. La primera coreografía en que la recuerdo en escena fue una creada por ella misma, “Viaje al reencuentro”, en que recorría nuevamente, pero ahora con propósitos artísticos, el camino del dolor al consuelo en el que transitó por la muerte de su padre. Como después supe que es característica de su propuesta, no toda la coreografía es “bailada” en el significado tradicional del concepto, pues hay momentos –algunos en silencio- en que se ejecutan movimientos ordinarios, como cuando hace una fila de figuras de papel que simbolizan velas.

Esa antigua experiencia en el Peón Contreras deja una lección: sin importar el grado de conexión entre yo espectadora y la coreografía, produce placer admirar a la Tatiana bailarina, una artista con talento, oficio y escuela (en su currículum hay estudios de danza clásica en Rusia). Ésa es la razón para asistir a espectáculos posteriores de Tatiana, el más reciente el del Macay, en el que Ruy Sánchez lee textos de sus libros “Elogio del insomnio” y “Decir es desear”, que se intercalan con momentos de danza.

Pero en esta calurosa noche blanca del sábado 20 de julio en el Macay hay circunstancias que no favorecen el disfrute.

Una noche antes el museo inaugura sus exposiciones del trimestre julio-septiembre; recorrer las salas es una buena opción para ocupar el tiempo de espera para “Elogio del insomnio”. Son las 10:30. Cuando se le pregunta, un empleado del museo señala la sala 14 (en la segunda planta) como lugar de la presentación de danza y aconseja darse prisa para llegar: sólo se permitirá la entrada a 70 personas. Otro empleado está de pie frente a la puerta de la sala 14, impide el paso y advierte: la fila para acceder se está formando en el primer piso; no estás en ella, no entras.

Planta baja nuevamente. Altavoz en mano, un tercer empleado da indicaciones sobre la dirección que sigue la fila, apunta con el dedo a los asistentes para contarlos, habla por radio con alguien más al que le advierte que prolongar la espera en esas condiciones podría tener efectos negativos. Finalmente, la orden de subir, pero sigue sin escucharse una para entrar; otra espera de minutos junto a la puerta de la sala con la indicación adicional de pegarse a la pared (para permitir el tránsito por los pasillos de los visitantes a las exposiciones) y la escena ya vista del empleado apuntando con el dedo para asegurarse de que sean 70 los espectadores.

El ingreso a la sala es un alivio para la mente y el cuerpo cansados. Hay sillas distribuidas en forma de U alrededor del área de la representación. Tatiana “duerme” en una cama mientras el público ocupa sus asientos. Privilegiados los que encontraron lugar exactamente enfrente de la cama, no hay columnas inoportunas que limiten su campo de visión.

Ruy Sánchez, de holgados pantalón y camisa blancos y descalzo, saluda sonriente a algunos asistentes. La expresión le cambia al paso de los minutos; a una empleada le pregunta con evidente molestia el motivo del retraso en el inicio del espectáculo; ella responde: “Estamos esperando a directivos”. Esos directivos resultan ser el alcalde y otros funcionarios municipales, que se retiran a mitad de la presentación.

Tatiana Zugazagoitia, Alberto Ruy Sánchez y bailarines
invitados al final de "Elogio del insomnio".

 Quiero creer que me involucro en el espectáculo, pero me doy cuenta que no estoy entendiendo las palabras del escritor; no me llegan definidas las voces (tal vez por las dimensiones de la sala las palabras retumban y se pierden) y no tengo el consuelo de intentar leer los labios porque en mi contra está la ingeniería del espacio que me oculta buena parte del tiempo el rostro del autor.

La misma ingeniería es la que me niega una buena perspectiva de los movimientos de Tatiana. Y esta vez ella tiene compañía, seis bailarines que ponen piel a la abstracción que la coreógrafa creó con música de Alejandro Basulto. Me resulto antipática por pensar que la suma de fuerzas es inequitativa, pero no puedo evitar creerlo: la diferencia de trayectorias y talentos de los invitados respecto a Tatiana produce un efecto disparejo. Y también chocante.

Hay un momento que puedo seguir con bastante claridad y que me llevo conmigo –aún tengo conmigo- al final de la función: la pareja “bailando dormida” en la cama, en la que va cambiando de posición como cuando nosotros lo hacemos entre sueños.

Van a dar las 12 y el Macay ya se ve lejos. De la “Noche blanca” me quedan tres razones para que el museo reciba visitantes este trimestre:

         * La colección de la Secretaría de Hacienda. Una reunión de esculturas figurativas y abstractas entre las que sorprenden y conmueven las de Heriberto Juárez, Carol Miller, Alberto Castro Leñero y Juan Soriano.

"Toro", bronce de Heriberto Juárez.

"Toro mexicano", de Heriberto Juárez (bronce).

"Pato", vaciado en bronce de Juan Soriano.

       *   “Las mariposas de viento” de Manuel Lizama. Colección de grabados en linóleo que, a pesar de plasmar escenas rurales y figuras indígenas –un tema que algunos creadores plásticos de la Península han explotado para gozo y transacción con los turistas-, hablan con voz suave e íntima a blanco y negro, sin afanes reivindicatorios que acusan más una pose que un sentimiento honesto.

"El rincón de las mariposas", grabado de Manuel Lizama.

       *  Las cajas de arte objeto que, junto con collages, maniquíes y técnicas mixtas, dan forma a los “Cuerpos vibrantes” de Marcela Lobo. Los misterios de la niñez y el encanto de la inocencia se asoman entre camafeos, zapatitos y juguetes enmarcados.


"Exvoto", Marcela Lobo.



martes, 9 de julio de 2013

Un espíritu en Bellas Artes


Blanca Ríos agradece los aplausos del público al final
de la presentación de "Giselle" en Bellas Artes.

Exactamente ciento setenta y dos años después de su estreno en París, la Compañía Nacional de Danza abrió su temporada de representaciones de “Giselle” en el Palacio de Bellas Artes.
La noche del viernes 28 de junio, en la primera de las cuatro funciones programadas (dos el sábado 29 y la última, el domingo 30), el papel protagónico del duque que engaña a Giselle tuvo sabor cubano con la actuación de Carlos Quenedit como bailarín invitado. A Carlos se le vio bailar en Mérida en las giras del Ballet Nacional de Cuba por la Península de 2005 a 2007; de hecho, fue en esta ciudad, al final de la visita de hace seis años, cuando abandonó a la agrupación artística.
Carlos aporta juventud -mantiene un rostro de niño-, galanura y fuerza física al personaje del infiel que es reinvidicado por el amor de Giselle. La campesina esa noche fue la primera bailarina mexicana Blanca Ríos, digna de admiración por la rapidez y el equilibrio de sus movimientos, especialmente cuando se presenta como nueva wili ante Myrtha, la reina de esos espíritus.
A Myrtha la interpretó la primera solista japonesa Mayuko Nihei, de saltos limpios y líneas delicadas.
Alfredo López Mancera diseñó el vestuario, que para las wilis incluyó faldas con detalles azules, en el caso de Myrtha, y verdes, en el de los demás espíritus, y tocados de pedrería que contribuyeron a dar al grupo de ánimas, implacable con los humanos, un aspecto dulce.
A pesar de tener todas estas cualidades a su favor, a la “Giselle” de la CND le faltó garra, fuerza escénica que la hiciera memorable. A Carlos se le sintió ajeno a la historia, la mayor parte del tiempo fue inexpresivo y sus movimientos se vieron mecánicos. Blanca se notó más involucrada en la personificación de Giselle, pero, exceptuando la dramática escena de la locura y muerte, la interpretó sin matices que la hicieran atractiva, sin diferencias contundentes entre la chica ingenua del primer acto y el ánima en pena del segundo.
La falta de identificación con los personajes alcanzó a las wilis, que carecieron de ese aire de mujeres fatales a las que no se debe provocar, y a Hilarión (Luis Zamorano la noche del viernes), quien se tomó con bastante calma el hecho de estar condenado a bailar hasta morir.
Míriam González como Berthe fue convincente narrando con mímica qué le ocurre a las jóvenes que mueren antes de su boda, pero sin maquillaje de canas ni arrugas que la envejecieran aparentó ser, más que la madre de Giselle, alguien de menos edad que la protagonista.
El acompañamiento musical quedó en manos de la Sinfónica Juvenil “Carlos Chávez”, que, a pesar del sostenido entusiasmo de su director huésped, Alfredo Ibarra García, se escuchó tímida y desafinada, sobre todo las cuerdas en el segundo acto.- Valentina Boeta Madera
(Artículo publicado el lunes 1 de julio de 2013 en la sección Imagen de "Diario de Yucatán").

lunes, 24 de junio de 2013

Una hija malcriada

 
Héctor Hernández y Alma Rosa Cota agradecen, con el
elenco de "La fille mal gardée", los aplausos del público.

El Ballet Clásico de Yucatán se fundó hace dos años después de que sus creadores, Alma Rosa Cota y Héctor Hernández, intentaran primero agrupar a talentos locales mediante alianzas con otros maestros.

El Ballet Clásico ha presentado hasta ahora “El lago de los cisnes” en una versión muy similar a la adaptación que hace la Compañía Nacional de Danza para el lago de Chapultepec (de una hora de duración y con voz en off de un narrador), “El Cascanueces” (también similar a la de la CND), un programa combinado que incluyó el estreno en Mérida de “Dionaea”, coreografía de Gustavo Herrera atractiva, bien ensayada, con Montserrat Castellanos como solista, y “La fille mal gardée”, un ballet de tintes cómicos que llevó a escena por primera vez el domingo 26 de mayo, en dos funciones en el Teatro Armando Manzanero.

En las entrevistas que han ofrecido, Alma y Héctor han explicado que el propósito de su proyecto es servir de medio para que los estudiantes de danza graduados de escuelas de Yucatán tengan la oportunidad de experimentar las exigencias del trabajo escénico, la vida del bailarín profesional. De entrada hay que esperar que los integrantes de esta agrupación tengan múltiples estilos y niveles técnicos (tantos como escuelas de danza hay en Mérida), la mayoría de ellos claramente apto para festivales académicos pero muy lejos de encontrarse a la altura de un gran escenario.

Si este aspecto no se pierde en ningún momento de vista, la producción de “La fille mal gardée” del Ballet Clásico de Yucatán resulta agradable de ver por la comicidad de su historia, la agilidad con que transcurren los hechos (comprimidos a una hora de representación, con breves pausas musicales con el telón abajo a manera de intermedios) y el encanto de su partitura.

Para interpretar el papel de Mamá Simone tanto en la función de 10 a.m. como la de 12 i.m. se invitó a actuar al bailarín profesional Jorge Zúñiga, actualmente residente en Quintana Roo. Son evidentes las tablas y aptitudes de Jorge para encarnar a la viuda sobreprotectora que intenta casar a su hija Lisette (Elena Vales en la primera presentación, Ailett Perches en la segunda) con un tontín adinerado (Guillermo Burgos), a pesar de que la joven quiere andar con Colin (Matthew Denegrevaugh; figura estilizada, algunos problemas de equilibrio).

Mamá Simone (Jorge Zúñiga) baila con las amigas
de su hija Lisette.
Jorge es hilarante en sus expresiones exageradas, que evidencian su dominio del personaje. Especialmente simpática es la escena en que toca la pandereta mientras su hija baila: al mover el instrumento todo él se convulsiona, incluyendo su “busto”, al que mira con una mezcla de terror y vergüenza por cómo se agita. Lo único que se le puede reprochar es su caracterización física, porque su vestuario y maquillaje, lejos de mostrarlo como una mujer grotesca y hombruna como se acostumbra (una doña Tremebunda al estilo de Condorito), lo hacen ver bastante femenino, y que en la escena del baile con los zuecos sus zapatos no sonaran como la madera.

Jorge es la columna vertebral de la producción, a la que no le fue mal en audiencia, pues en la función del mediodía logró llenar unos tres cuartos de asientos de la sala principal del teatro. El acceso fue con boletos que costaron $60.


Colin (Matthew Denegrevaught) y Lisette (Ailett Perches).