martes, 9 de julio de 2013

Un espíritu en Bellas Artes


Blanca Ríos agradece los aplausos del público al final
de la presentación de "Giselle" en Bellas Artes.

Exactamente ciento setenta y dos años después de su estreno en París, la Compañía Nacional de Danza abrió su temporada de representaciones de “Giselle” en el Palacio de Bellas Artes.
La noche del viernes 28 de junio, en la primera de las cuatro funciones programadas (dos el sábado 29 y la última, el domingo 30), el papel protagónico del duque que engaña a Giselle tuvo sabor cubano con la actuación de Carlos Quenedit como bailarín invitado. A Carlos se le vio bailar en Mérida en las giras del Ballet Nacional de Cuba por la Península de 2005 a 2007; de hecho, fue en esta ciudad, al final de la visita de hace seis años, cuando abandonó a la agrupación artística.
Carlos aporta juventud -mantiene un rostro de niño-, galanura y fuerza física al personaje del infiel que es reinvidicado por el amor de Giselle. La campesina esa noche fue la primera bailarina mexicana Blanca Ríos, digna de admiración por la rapidez y el equilibrio de sus movimientos, especialmente cuando se presenta como nueva wili ante Myrtha, la reina de esos espíritus.
A Myrtha la interpretó la primera solista japonesa Mayuko Nihei, de saltos limpios y líneas delicadas.
Alfredo López Mancera diseñó el vestuario, que para las wilis incluyó faldas con detalles azules, en el caso de Myrtha, y verdes, en el de los demás espíritus, y tocados de pedrería que contribuyeron a dar al grupo de ánimas, implacable con los humanos, un aspecto dulce.
A pesar de tener todas estas cualidades a su favor, a la “Giselle” de la CND le faltó garra, fuerza escénica que la hiciera memorable. A Carlos se le sintió ajeno a la historia, la mayor parte del tiempo fue inexpresivo y sus movimientos se vieron mecánicos. Blanca se notó más involucrada en la personificación de Giselle, pero, exceptuando la dramática escena de la locura y muerte, la interpretó sin matices que la hicieran atractiva, sin diferencias contundentes entre la chica ingenua del primer acto y el ánima en pena del segundo.
La falta de identificación con los personajes alcanzó a las wilis, que carecieron de ese aire de mujeres fatales a las que no se debe provocar, y a Hilarión (Luis Zamorano la noche del viernes), quien se tomó con bastante calma el hecho de estar condenado a bailar hasta morir.
Míriam González como Berthe fue convincente narrando con mímica qué le ocurre a las jóvenes que mueren antes de su boda, pero sin maquillaje de canas ni arrugas que la envejecieran aparentó ser, más que la madre de Giselle, alguien de menos edad que la protagonista.
El acompañamiento musical quedó en manos de la Sinfónica Juvenil “Carlos Chávez”, que, a pesar del sostenido entusiasmo de su director huésped, Alfredo Ibarra García, se escuchó tímida y desafinada, sobre todo las cuerdas en el segundo acto.- Valentina Boeta Madera
(Artículo publicado el lunes 1 de julio de 2013 en la sección Imagen de "Diario de Yucatán").

lunes, 24 de junio de 2013

Una hija malcriada

 
Héctor Hernández y Alma Rosa Cota agradecen, con el
elenco de "La fille mal gardée", los aplausos del público.

El Ballet Clásico de Yucatán se fundó hace dos años después de que sus creadores, Alma Rosa Cota y Héctor Hernández, intentaran primero agrupar a talentos locales mediante alianzas con otros maestros.

El Ballet Clásico ha presentado hasta ahora “El lago de los cisnes” en una versión muy similar a la adaptación que hace la Compañía Nacional de Danza para el lago de Chapultepec (de una hora de duración y con voz en off de un narrador), “El Cascanueces” (también similar a la de la CND), un programa combinado que incluyó el estreno en Mérida de “Dionaea”, coreografía de Gustavo Herrera atractiva, bien ensayada, con Montserrat Castellanos como solista, y “La fille mal gardée”, un ballet de tintes cómicos que llevó a escena por primera vez el domingo 26 de mayo, en dos funciones en el Teatro Armando Manzanero.

En las entrevistas que han ofrecido, Alma y Héctor han explicado que el propósito de su proyecto es servir de medio para que los estudiantes de danza graduados de escuelas de Yucatán tengan la oportunidad de experimentar las exigencias del trabajo escénico, la vida del bailarín profesional. De entrada hay que esperar que los integrantes de esta agrupación tengan múltiples estilos y niveles técnicos (tantos como escuelas de danza hay en Mérida), la mayoría de ellos claramente apto para festivales académicos pero muy lejos de encontrarse a la altura de un gran escenario.

Si este aspecto no se pierde en ningún momento de vista, la producción de “La fille mal gardée” del Ballet Clásico de Yucatán resulta agradable de ver por la comicidad de su historia, la agilidad con que transcurren los hechos (comprimidos a una hora de representación, con breves pausas musicales con el telón abajo a manera de intermedios) y el encanto de su partitura.

Para interpretar el papel de Mamá Simone tanto en la función de 10 a.m. como la de 12 i.m. se invitó a actuar al bailarín profesional Jorge Zúñiga, actualmente residente en Quintana Roo. Son evidentes las tablas y aptitudes de Jorge para encarnar a la viuda sobreprotectora que intenta casar a su hija Lisette (Elena Vales en la primera presentación, Ailett Perches en la segunda) con un tontín adinerado (Guillermo Burgos), a pesar de que la joven quiere andar con Colin (Matthew Denegrevaugh; figura estilizada, algunos problemas de equilibrio).

Mamá Simone (Jorge Zúñiga) baila con las amigas
de su hija Lisette.
Jorge es hilarante en sus expresiones exageradas, que evidencian su dominio del personaje. Especialmente simpática es la escena en que toca la pandereta mientras su hija baila: al mover el instrumento todo él se convulsiona, incluyendo su “busto”, al que mira con una mezcla de terror y vergüenza por cómo se agita. Lo único que se le puede reprochar es su caracterización física, porque su vestuario y maquillaje, lejos de mostrarlo como una mujer grotesca y hombruna como se acostumbra (una doña Tremebunda al estilo de Condorito), lo hacen ver bastante femenino, y que en la escena del baile con los zuecos sus zapatos no sonaran como la madera.

Jorge es la columna vertebral de la producción, a la que no le fue mal en audiencia, pues en la función del mediodía logró llenar unos tres cuartos de asientos de la sala principal del teatro. El acceso fue con boletos que costaron $60.


Colin (Matthew Denegrevaught) y Lisette (Ailett Perches).

miércoles, 5 de junio de 2013

Ahí vienen los rusos

La presentación de anoche del Ballet Imperial Ruso en el Teatro Armando Manzanero es un ejemplo de buenas intenciones que caen en el camino equivocado.

A diferencia de otros espectáculos rusos de danza que han llegado a Mérida por medio de los mismos promotores, éste no se percibió como un intento de verle la cara al espectador con un híbrido de bailarines tomados de diferentes compañías sólo para armar una gira y presentar cualquier clásico en versión falta de ingenio.

A pesar de que es evidente que algunos de sus artistas son más talentosos que otros (la chica que interpretó a Carmen en la primera de las tres partes del programa tiene unas líneas muy bellas y movimientos gráciles), también es claro que forman un grupo que está en la misma sintonía, que tiene cohesión y homogeneidad en la manera de interpretar las coreografías, algo que no se ve en los ensambles efímeros en los que la falta de conocimiento y trabajo conjunto se delata en actuaciones anémicas y sin intención.

El problema del Ballet Imperial Ruso son sus coreografías. O al menos sus versiones de “Carmina Burana” y “Bolero”, que ocuparon toda la segunda y la tercera partes, respectivamente, y que, gracias a la persistente visión ahorradora de sus promotores, sus creadores permanecerán ignorados por el público ante la falta de programas de mano que le informara de sus nombres. “Carmina Burana” –en una entrevista días antes con Diario de Yucatán la responsable de la gira por México dijo que la coreógrafa es Maya Murdmaa es una aproximación la mayor parte del tiempo contemporánea, por momentos neoclásica, a la obra de Carl Orff en la que los solistas encuentran caminos de lucimiento en esos giros y saltos en los que los rusos son tan buenos. Los movimientos procuran la simetría y la sincronía con las notas de la música, pero parecen aislados unos de otro, faltos de sentido en su conjunto, como si alguien pronunciara una secuencia de palabras u oraciones que, sin embargo, no crean un discurso.

El programa se cerró con “Bolero”. En la coreografía contemporánea de Nikolay Androsov con la música de Maurice Ravel flotan en el aire sentimientos de fuerza, de poder, no sólo por la figura de una deidad ante la cual se baila –y que dota de argumento a la obra-, sino también por el uso de vestuario negro de la cabeza a los pies, que imprime en los bailarines un halo de misterio. Androsov inicia su coreografía no con las sutiles, casi inaudibles, notas de “Bolero”, sino con sonido de truenos y un juego de luces que transmite la idea de una tormenta, a los que sigue un efecto de humo. Mi rechazo a la versión de Androsov está en experiencias personales previas con la obra; para mí “Bolero” equivale a intimidad, sensualidad, no una demostración de poderío, no sacrificios a una deidad, no carreras frenéticas de un lado a otro del escenario.

Pero la función tuvo algo muy bueno:  la suite “Carmen”, que, según algunos medios de prensa, es la creada por Alberto Alonso. A medio camino entre moderna y neoclásica, ofrece imágenes armoniosas tanto en los pas de deux como en las intervenciones del cuerpo de baile, además de que presenta retos técnicos para los solistas. En la tríada Carmen, don José y Escamillo (sin programas de mano cómo saber los nombres de sus intérpretes…) son los dos primeros los que sobresalen. Se entiende por qué Carmen está tan enamorada de don José, es muy fácil ser conquistada por la velocidad que éste le imprime a sus giros. De especial impacto son los enfrentamientos finales entre el amante obsesionado y la tabacalera, y entre Escamillo y el toro, que se  presentan de manera simultánea, incluyendo las estocadas a Carmen y al astado. Si habría que pedirle algo al Ballet Imperial en esta coreografía es algo más de expresividad en sus protagonistas, pues para ser una historia trágica se vieron algo contenidos.

A lo largo de la presentación, en la que el teatro se ocupó en un 90% de su capacidad, fueron comunes los problemas con el sonido, que bajaba y subía de volumen (las primeras notas de “Bolero” no comenzaron por lo bajo ni fueron en crescendo, sino con el volumen estándar del resto de la música). Y, sin embargo, no salí molesta como en otras ocasiones, porque sentí un auténtico esfuerzo de la agrupación visitante por ofrecer un programa nutrido (casi de tres horas) y con un sello personal.


Solamente se ofreció una función, que comenzó a las 8.

El Ballet Imperial Ruso al final de "Carmina Burana".

Una de las escenas iniciales de "Bolero".


martes, 28 de mayo de 2013

El cartero sólo necesita llamar una vez


Es difícil encontrar una definición para la forma de actuar de Ignacio López Tarso sin caer en lugares comunes o exageraciones. Tal vez en nadie mejor que en él se puede usar la expresión de que “da vida al personaje” porque auténticamente eso es lo que hace: lo vuelve real.

No importa que su papel sea la de un poeta muerto hace décadas, que su historia se sitúe a finales de la década de 1960 y principios de 1970 y que recite los versos y parlamentos escritos por otros. Cuando Ignacio López Tarso habla en "El cartero" es como si se escuchara a un viejo conocido decir de la manera más ordinaria que está lloviendo.

Esa habilidad con la que al actor le han premiado el talento y la experiencia es la columna vertebral en que se sostiene la obra, de la que el lunes 20 se ofrecieron dos funciones en el Teatro Armando Manzanero. Con don Ignacio comparten créditos Helena Rojo, Rolf Petersen, como el cartero Mario Jiménez, y Sara Maldonado, como Beatriz González, la joven cuyos afectos desea ganar Mario con la ayuda de la poesía y la amistad de Pablo Neruda-López Tarso.
        
El de Helena Rojo es un caso similar al de López Tarso: sus tablas le permiten bordar un personaje al que se siente verdadero, en el que los diálogos ficticios suenan posibles. Pero la trayectoria de los dos veteranos (López Tarso a sus 88 años se permite incluso improvisar) pone en desventaja a los actores más jóvenes, a los que en comparación con ellos se les nota exagerados, falsos. El estilo telenovelero de Sara Maldonado es como una basura en el ojo: una molestia constante...

Escenografía de "El cartero" que representa la casa
de Pablo Neruda en Isla Negra.
Pero López Tarso, la música de Los Beatles que se usa como fondo (don Ignacio incluso se mueve al ritmo de una de las canciones), la cálida escenografía modular que de un lado es la fachada de la casa de Neruda en Isla Negra y de la otra, el hogar de Beatriz y su mamá (Helena Rojo); los juegos de luces que evocan ambientes por unos instantes, y la agilidad de la narración hacen de “El cartero” una obra que merecía tener más que la mitad del público que la vio en la función de 9:30 p.m. Para ser perfecta sólo le faltaría no caer en la tentación de querer embolsarse a los asistentes con referencias locales (en un momento el cartero dice que está llegando de Valladolid) y moderar un poco el acento de clase media baja del centro de México que utiliza Helena Rojo, porque ambos factores chocan con la pretensión del autor de situarnos en Chile.

Al final, la ovación a Ignacio López Tarso confirmó la satisfacción del público con la oportunidad de ver en escena al primer actor.

Rolf Petersen, Helena Rojo, Ignacio López Tarso y Sara
Maldonado, en el agradecimiento final de "El cartero".

lunes, 20 de mayo de 2013

De desnudos y obscenidades


“Vestuario de hombres” es una obra escandalosamente obscena. Y no por la floración de traseros desnudos que, aunque explicables por el lugar donde ocurren los hechos, no son todos necesarios para el desarrollo o la comprensión de la historia.

Lo es porque es un insulto a la inteligencia del público, una tomadura de pelo disfrazada de polémica: se vende como una obra que retrata temas tabú o del ámbito privado de varones y deportistas, con especial énfasis en el dóping, pero en realidad los aborda de manera superficial y los banaliza al hacer bromas de ellos, lo que convierte a las dos largas
–larguísimas– horas de función en una tediosa espera de que alguien diga o haga algo interesante.

De una obra en la que “actúan” David Zepeda o Mark Tacher una sabe qué esperar, pero a ésta, que el miércoles 13 de mayo comenzó en el Teatro Armando Manzanero de Mérida su gira por el interior del país, había que darle el beneficio de la duda por su elenco de actores desconocidos, su origen de exportación (un aspecto a favor en el sentido de que ya había probado su éxito con otros públicos) y sus inicios en un foro independiente, del que pasó a un escenario más comercial por el interés de la audiencia.

Tal vez esa audiencia está más dispuesta a tolerar una obra de un solo acto que deja pasar de 15 a 20 minutos desde su inicio antes de plantear un problema en el cual centrar la atención. Porque antes de que esto ocurra los personajes protagonizan una suma de sketches (se insultan, tontean…) que no aportan información sobre sus personalidades ni sobre la trama.

El primer “gran tema” que tratan es el del consumo de drogas, que el propio entrenador provee a los jugadores.  Cuando Lorens (Eduardo Vaughan) le grita al coach Bocha (Pablo Perroni) que no se quiere drogar, el ajetreo en el escenario se detiene y desde las butacas se piensa que ahora sí esto se va a poner serio. Pero lo que sigue es un diálogo repetitivo entre Bocha, Lorens y otro de los jugadores en el que el primero asegura que la sustancia que les está repartiendo no es droga, el segundo se pregunta: “¿Entonces no es droga?” y el tercero le dice: “Sí es droga”. Cuando le preguntan a Lorens por qué no quiere drogarse, su respuesta es: “Porque mi papá no quiere”… Es un argumento tan contundente y convincente que nadie lo rebate… y minutos después la discrepancia se zanja cuando Lorens, motivado por los discursitos de autosuperación personal que sus compañeros pronuncian después de una fallida entrevista por televisión con un canal de México, le dice al entrenador: “Sí me voy a drogar”…

Por si no era suficiente el absurdo al abordar este tema, se recurre después a la burla: cuando Lorens sale del baño luego de consumir el estimulante, vomita y actúa como si estuviera borracho; sus compañeros, lejos de procurarle atención, lo ignoran y manipulan, en un supuesto intento de la obra por resultar humorística. Entonces hay que preguntarse: ¿Es el dóping un conflicto en esta historia? ¿Estamos ante una comedia que toma con ligereza asuntos graves de la vida real? Y, sobre todo, ¿todas estas situaciones nos conducen a algún lado en la trama?

Otro supuesto tema serio es el de la homosexualidad, que se trata cuando Pechu (Kevin Holt) es “sacado del clóset” por un compañero con el que discute. Poco a poco los otros jugadores se van retirando del escenario, en aparente señal de rechazo a Pechu, quien se queda en silencio y camina despacio por el vestuario, más como alguien que vaga por un lugar desconocido que como alguien incómodo por una revelación inesperada. Uno de sus compañeros se le acerca y le dice que sabe que no es gay, Pechu responde: “Pues sólo ve y diles que no lo soy” para aclarar la situación, pero el jugador le dice que no lo puede defender en público porque entonces los demás van a pensar que él sí lo es. Y tan tan, fin del gran tema, no se vuelve a tocar más, excepto por el siguiente parlamento de otro personaje, Silvestre (Fernando Bueno), que incoherentemente trata de explicar la “teoría del pulpo” según la cual uno de cada 10 hombres es gay.

Entre las dos horas de “Vestuario de hombres” hay algunas cosas rescatables:
La actuación de Bueno, el único que parece realmente haber construido un personaje.
La Haka, que el equipo baila antes de salir a jugar la final de lacrosse y que, aunque no fue realizada con gran apego a la danza ritual, al menos fue un momento de frescura.
La indicación final de Bocha, que pide al equipo, después de ser confrontado por su corrupción, destruir el vestidor, lo que nos muestra a un hombre sin escrúpulos perfectamente creíble.
 Y la última reflexión sobre el dóping, porque al final (literamente) sí hubo una que sonó seria e interesante, en la que el jugador líder cuestiona a sus compañeros, entre los que empezaba a surgir el remordimiento por haber triunfado con trampa: “¿Creen que estamos aquí porque somos muy chingones?”.  Y les subraya que él sí tiene el valor de hacer lo que se necesita para tener un poco de satisfacción en la vida.

En la función de las 9:30 p.m. el teatro fue ocupado en una cuarta parte de su capacidad. La anterior presentación fue a las 7. 

Escena de "Vestuario de hombres" (foto tomada
de la web de Diario de Yucatán).

jueves, 16 de mayo de 2013

Comienza una nueva etapa


Parecía que, si no todos, sí muchos estados de ánimo se habían dado cita en la presentación oficial de la Orquesta de Cámara de Mérida en el Centro Cultural Olimpo.

Era ese jueves 9 de mayo el inicio formal de una nueva etapa de la agrupación bajo la dirección del violista Russell Montañez Coronado, quien ya la había conducido hacía cerca de una década. Russell es también integrante de la sección de violas de la Sinfónica de Yucatán, así que debe ser por su cercanía con la orquesta mayor del Estado que entre los músicos de la camerata hubiera considerable número de instrumentistas de la OSY, comenzando por su concertino, Salvador Velázquez Ávila, y terminando con los alientos invitados que acompañaron a las cuerdas en la última obra, la Sinfonía número 25 en Sol menor KV 183 de Mozart, entre los que estuvieron los cornistas Juan José Pastor y Samuel Rafinesque y el oboísta Alexander Ovcharov.

Además, la solista invitada de la noche para tocar en el Concierto para piccolo, cuerdas y continuo en Do Mayor de Vivaldi fue Zendra White, también integrante de la Sinfónica yucateca. Este concierto convirtió al auditorio del Olimpo en un primaveral campo de juegos envuelto en trinos que en el segundo de los tres movimientos, cuando parecían muy cercanos al sonido de la voz humana, produjeron una sensación de felicidad templada.

Fue un efecto diferente al producido por la primera obra del programa, el Adagio en Sol menor para cuerdas y órgano sobre un bajo cifrado de Albinoni, de Remo Giazotto, marcado por la melancolía y un tono a veces sombrío.

El ánimo desbordado marcó el final de la noche con la sinfonía de Mozart, de inicio enérgico, intenso, cualidades que también distinguieron al cuarto movimiento y que tuvieron descanso en el segundo, de andar pausado sin llegar a lo nostálgico, y el tercero, que sin embargo fue más vivaz.

Al final del concierto, que estaba anunciado para las 9 pero que en realidad comenzó 8:30 con una charla del director sobre el programa, los músicos reclamaron la presencia de Russell en el escenario, del que se había despedido, golpeando sus pies en el suelo. En respuesta, el director les levantó los pulgares.

Como otras funciones de la Orquesta de Cámara, el auditorio estuvo a medio llenar y, también como en otras funciones, no faltó el que decidiera retirarse antes de que la presentación terminara.


El auditorio "Silvio Zavala Vallado" del Olimpo en la
presentación de la Orquesta de Cámara de Mérida.

Zendra White en su actuación solista.

La Orquesta de Cámara de Mérida interpreta la Sinfonía
número 25 en Sol menor KV 183 de Mozart.


lunes, 6 de mayo de 2013

El "Bolero" de Viengsay



Viengsay Valdés en "Bolero" de Érika
Torres (foto de Leslie Santos Bonilla).

Viengsay Valdés no es buena bailarina por hacer balances que duran varios segundos o por girar con fuerza y a gran velocidad. Es buena bailarina porque es buena artista.

En el Festival Internacional de Ballet de La Habana de 2010 Viengsay eligió para presentar en un programa de concierto la misma coreografía que Erina Takahasi, del English National Ballet: “Non, je ne regrette rien” de Ben van Cauwenbergh. Ambas se mostraron eficientes técnicamente, pero mientras Erina la interpretó sin una emoción en especial, Viengsay cerraba los ojos y adoptaba una expresión como de mujer locamente enamorada hablando del objeto de su afecto.

Aunque en ese momento me pareció que la coreografía no necesitaba tanta carga emocional, fue una prueba más de cómo Viengsay asume sus papeles: los convierte en personajes con sentimientos, en discursos, en puntos de vista.

Ésa es una de las razones por las cuales “Bolero”, la coreografía que Érika Torres creó para ella y que la cubana estrenó en el cierre de “Danza de América”, el jueves 2 de mayo en el Teatro Peón Contreras, me pareció el mejor momento del programa. Esa noche ya se había visto a Viengsay haciendo aquello por lo que es famosa, retando a las leyes de la Física con sus balances  y sus fouettés en el pas de deux de “Don Quijote” con Osiel Gounod, así que cuando llegó “Bolero”, con su lenguaje contemporáneo, sus líneas desfiguradas y su distanciamiento de los actos gimnásticos tan asociados a la cubana, sentí una oleada de frescura, un “vaya, por fin” porque se le dio la oportunidad de demostrar que su rango de interpretación es mucho más amplio que el de esos clásicos que le salen tan bien pero que la han encasillado como bailarina.


Mayvel Miranda (en el aire) y Adrián Leyva, en "Bolero"
(foto de Leslie Santos Bonilla).

El de “Bolero” es además un papel que le ajusta a la perfección. A Viengsay se me hace un poco difícil creerle en personajes frágiles o vulnerables, como en “La muerte del cisne”, que también bailó esa noche, o haciendo de Odette en “El lago de los cisnes”, pues por su figura musculosa y algunos datos que me han llegado sobre su vida personal la percibo como una chica sensible pero fuerte y aguerrida. Justamente es ésa la sensación que me transmitió en “Bolero”, en la que es una mujer  que se relaciona sin temor al tú por tú con seis varones, con los que en un principio parece mimetizarse al formar un solo bloque con ellos y realizar sus mismos movimientos.

Pero hay otra razón por la cual me gustó “Bolero”: por la coreografía. Érika Torres explicó días antes del estreno que la había situado en la década de 1920 y se había inspirado en las vanguardias de la época. La estética de estos años se llevó a escena con el vestuario, pues los seis varones llevaron traje completo y Viengsay, un vestido de flecos de colores oscuros y peinado recogido hacia atrás. La pieza comienza cuando los bailarines caminan alineados en horizontal hacia la boca del foso de la orquesta y miran unos segundos al público (¿lo estarán descubriendo o retando?). Regresan al centro del escenario y forman un grupo compacto del que se separa el primer solista varón para bailar. Le siguen otros hasta que todos están en movimiento y poco a poco Viengsay, hasta entonces una figura más del grupo, comienza a concentrar las miradas, un protagonismo que mantendrá hasta que se escuche la última nota compuesta por Maurice Ravel.

Adrián Leyva, César Pérez, Léster Díaz, Viengsay Valdés,
Mayvel Miranda, Yojan Herrera y Miguel Hevia
(la fotografía es de Leslie Santos Bonilla).

A diferencia de otras obras, en “Bolero” al espectador no se le permite ser pasivo; no le están contando una historia, pero el vestuario le sugiere un trasfondo, así que debe lidiar con esa  incertidumbre, además de procesar imágenes barrocas extraídas, según informó la coreógrafa, de un ejercicio de improvisación. Me resulta especialmente atractiva la manera en que Érika juega con el caos y el orden, con movimientos de los bailarines que resultan chocantes junto a las simetrías del conjunto.

Con Viengsay bailaron Miguel Hevia, César Pérez, Léster Díaz, Yojan Herrera, Mayvel Miranda y Adrián Leyva, todos ellos integrantes de la Compañía de Danza Clásica de Yucatán.


Bailarines de la Compañía de Danza
Clásica de Yucatán en dos momentos
de "West Side Story", de Adrián Leyva
(fotos de Leslie Santos Bonilla).
Adrián además de bailarín es coreógrafo. Él creó el otro estreno del programa, “West Side Story”, que usó la música de Leonard Bernstein y se inspiró en “Amor sin barreras”, aunque Adrián aclaró que no era una recreación de esa obra. Y no lo fue. Aunque en un momento se ve a tres solistas tronando los dedos como en una de las escenas del musical, se trató de un ballet de líneas compuesto con un lenguaje neoclásico, dinámico y animado en el que la Compañía de Danza Clásica de Yucatán demostró sus avances y potencial. Por desgracia, frente a los talentos de los dos invitados principales de esa noche su presentación resultó modesta.

El programa “Danza de América” tuvo una segunda función, el sábado 4 en el mismo teatro.